El mito del vampiro

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Antes de que estallase toda esta extraña situación, cuando el coronavirus seguía siendo algo lejano y ajeno a nosotros, cuando todavía podíamos relacionarnos sin temor a contagiarnos, antes de que el aislamiento que intuía en la sociedad se convirtiese paradójicamente en una realidad para combatir la enfermedad, pude ver una exposición en CaixaForum Madrid titulada Vampiros. En ella se ofrecía un recorrido histórico por la evolución del mito de esta eterna criatura, un mito que, si bien se puede rastrear en el folclore y las supersticiones ancestrales de muchos pueblos, no sería hasta la literatura gótica del siglo XIX que proliferara su presencia, con la publicación de la novela que habría de marcar un hito en el panorama de la cultura: Drácula (1897) del irlandés Bram Stoker. Para componerla, el autor recurrió a dos personajes históricos, Vlad Tepes el Empalador (1431-1476) y la condesa sangrienta Isabel Báthory (1560-1614). Basándose en ellos y en leyendas populares, la novela (que luego fue adaptada al teatro por el mismo escritor en 1897) dejó fijadas algunas de las características fundamentales del vampiro que nos han llegado hasta nuestros días: incapacidad de reflejarse en los espejos, satanismo e insaciable sed de sangre para conservar la juventud. A pesar de que Drácula supone la cima del monstruo, dos obras habían sido publicadas con anterioridad, sirviendo de inspiración a Stoker: El vampiro (1819) de John William Polidori y Carmilla (1872) de Sheridan Le Fanu, referencias obligadas para todo aquel interesado en rastrear los orígenes y las fuentes del conde transilvano.

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Nuestro país tampoco fue ajeno a la presencia del vampiro y así uno de nuestros más renombrados artistas, Francisco de Goya, se aproximó al tema en algunos de los grabados que integran la serie de sus «Caprichos». En algunas de estas ilustraciones como El sueño de la razón produce monstruos, el aragonés representó los males derivados de la violencia como criaturas a medio camino entre los murciélagos y las estirges. Y, aunque no apareciese en la exposición, otro caso llamativo en nuestras letras por la «escasa repercusión» que tuvo  fue la publicación en 1960 de la novela Las historias naturales de Joan Perucho, magnífico y entretenido libro del que tuve conocimiento gracias a mi hermano. Con el trasfondo histórico de las guerras carlistas en la Terra Alta catalana del siglo XIX, la novela nos narra las aventuras del científico Antoni de Montpalau, al cual se le asigna la misión de acabar con el vampiro Onofre de Dip, que, incapaz de contener su sed de sangre, está sembrando el pánico en la región.

Si la literatura marcó la culminación del mito, el séptimo arte extendió y popularizó todavía más su imagen. En este sentido, y como se comentaba en uno de los carteles de la exposición, ¿no sería el cine, arte de la ilusión donde las estrellas no envejecen jamás, el arte vampírico por antonomasia? Dentro de todas las cintas que se han aproximado al personaje de Stoker, han sido dos las que han alcanzado mayor relevancia hasta el punto de que muchos de nosotros, si nos pidiesen que imagináramos al conde Drácula, seguramente pensaríamos en la sombra expresionista del Nosferatu de Murnau o en Béla Lugosi.

Todas estas películas y las que siguieron su estela incidieron en el carácter demoníaco del monstruo, pero habría que esperar todavía a los años 90 para ver en pantalla una interesante relectura de la figura como un antihéroe romántico con el clásico de Francis Ford Coppola de 1992 (en mi opinión la adaptación más fiel de Bram Stoker) y con Entrevista con el vampiro (1994) de Neil Jordan, basada a su vez en la novela homónima de Anne Rice, donde además se dejaba entrever un claro homoerotismo entre Lestat/Tom Cruise y Louis/Brad Pitt. El monstruo no perdería su sed de sangre, pero sí sufriría un proceso de humanización, de manera similar a lo que pasó con la relectura de la sirena que hizo Andersen en el siglo XIX, criatura que hasta entonces había significado la perdición del hombre.  Sin embargo, sería la popular saga Crepúsculo de Stephenie Meyer (por mucho que les pese a algunos (incluso a aquellos millenials que encumbraron tanto las novelas como las adaptaciones y ahora reniegan de ellas)) la que supondría la completa humanización del vampiro como héroe teen capaz de enamorar a una joven apocada, trasunto de muchas adolescentes que devoraban aquella historia actualizada de Romeo y Julieta en clave vampírico-licántropa con el sueño de ser ellas la nueva Bella Swan. El éxito se tradujo en una larga lista de obras que copiaban descaradamente el molde establecido por Meyer explotando la fórmula de la gallina de los huevos de oro. Aun así, dentro de ese agotamiento y aparente falta de originalidad de los que empezaba a adolecer el género (que incluso fue parodiado en Híncame el diente (2010) de Jason Friedberg y Aaron Seltzerg) podrían citarse algunos casos excepcionales y tremendamente llamativos como Déjame entrar (2008) de Tomas Alfredson y Solo los amantes sobreviven (2013) de Jim Jarmusch.

La atemporalidad del vampiro ha trascendido las fronteras puramente ficcionales sirviendo de metáfora política y social para denunciar por ejemplo los defectos del  sistema capitalista que oprime y desangra a sus ciudadanos o para incluir un mensaje de empoderamiento femenino como sucede en Una chica vuelve a casa sola de noche (2014) de Ana Lily Amirpour, donde una vampiresa justiciera recorre las calles de una ciudad iraní tratando de defender a todas esas mujeres que son atacadas por hombres.

Uno de los grandes atractivos de la exposición ha sido precisamente esa muestra sobre cómo las distintas épocas y generaciones se han aproximado de una u otra manera a un ser tan aterrador como seductor y atractivo.

Os dejo aquí uno de los paneles con los que finalizaba el recorrido lanzando una serie de preguntas para la reflexión.

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Los viajes gastronómicos

Sabido es de sobra que una de las múltiples formas de conocer un país reside en probar su gastronomía. Resulta esto tan interesante como el proceso mediante el cual un sabor puede activar en el cerebro un sinfín de evocaciones. Si no, que se lo digan a Proust y el afluente de recuerdos que despertó en su memoria el simple aroma de una magdalena. Una de las ventajas que ha traído consigo la globalización es la reducción de las fronteras entre las diversas naciones. Precisamente lo que me propongo en este post es ofrecer a los foodies o comidistas viajeros una pequeñísima guía de algunos restaurantes que más me han gustado en mis visitas a Madrid, todos con precios bastante asequibles.

Uno de ellos es el «Patacón Pisao» en la calle de las Delicias, especializado en gastronomía colombiana. Como no podía ser de otro modo, aquí me pedí la bandeja paisa, plato estrella de la cocina antioqueña compuesto por diversos ingredientes: chorizo, tocino, arroz, patacón o plátano macho tostado, aguacate, huevo frito, arepa (torta a base de maíz) y frijoles.

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Con semejante guiso tan contundente, terminé más que satisfecho. 

Ahora nos trasladamos al popular Barrio de las Letras y concretamente a la calle Ventura de la Vega donde encontraremos dos restaurantes, uno casi enfrente del otro. El primero es el «Inti de Oro».

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En él podrás degustar algunas de las recetas más características de Perú como el famoso ceviche (con pescado marinado con cítricos), los tamales (que están presentes en casi toda Hispanoamérica, aunque con particularidades regionales), la causa limeña (con base de papa amarilla),  o postres tan refrescantes y deliciosos como el pie de limón.

En una cocina que tiende con mayor frecuencia a la fusión, cada vez resulta más complicado encontrar locales que ofrezcan comida especializada y estos lo consiguen.
El otro es el Chaparrito, dedicado a la cocina mexicana.

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Aquí podrás degustar algunos platos tan ricos y picantes como la cochinita pibil o los chilaquiles. Por cierto, en Ciudad Real tienes el «Taco Tapa», que tampoco se queda atrás en su oferta gastronómica azteca.

Por último, viajaremos a Japón de la mano del «Ramen Kagura», situado en la calle de las Fuentes, cerca de Ópera. Hace cuatro años que vi comiendo este plato nipón (elaborado con fideos japoneses y caldo de carne) a los protagonistas de la película Your name de Makoto Shinkai. Desde entonces surgió en mí la curiosidad por querer degustar los mismos sabores que aquellos personajes; era como una manera de sentir lo que ellos sentían, imagino que como cuando alguien decide ir a Nueva York y tomarse un croisant frente a Tiffany en un deseo de emular a Audrey. Luego, una prima me habló maravillas de este restaurante y lo demás, ya te imaginas. Si vas y te decides finalmente a guardar una hora de cola, casi como si estuvieses a las puertas del Cielo, descubrirás que mereció la pena.

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Gran experiencia gastronómica en este modesto restaurante que, para muchos, sirve uno de los mejores ramen japoneses de la capital. Doy fe.

 

«La virgen de agosto»: verano en Madrid

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En bastantes narraciones literarias y cinematográficas aparecen personajes que deben realizar grandes viajes para encontrarse a sí mismos. Rara vez se cuenta que para hallarte no tienes que marcharte a la otra punta del mundo, amén de que para viajar, aunque parezca que no, se necesita dinero y no está la economía muy boyante que digamos, por mucho que en redes sociales veamos y expresemos lo contrario.
En La virgen de agosto, Jonás Trueba nos presenta a Eva (Itsaso Arana), una chica de treinta y tres años que decide pasar las vacaciones de verano en Madrid para intentar superar una ruptura sentimental de la que nunca se llega a hablar explícitamente. Uno de los rasgos que caracterizan esta admirable ficción es la mimesis o imitación de la cotidianidad, sustentada en la naturalidad de una insuperable Itsaso Arana y en un maravilloso elenco de secundarios (Isabelle Stoffel, Joe Manjón, Mikele Urroz, Vito Sanz, etc. ), elementos que logran situar a su director en la misma línea que otros cineastas como José Luis Guerín (En la ciudad de Sylvia La academia de las musas), Abdelatif Kechiche (La vida de Adele), Andrew Haigh (Weekend), Mia Hansen-Løve (Un amour de jeneusse), Olivier Ducastel y Jacques Martineu (Theo y Hugo, París 5:59), Richard Linklater (Antes de… y Boyhood), Matías Bize (En la cama y La vida de los peces), Carla Simón (Verano 1993), Carlos Marques Marcet (10000 KM), Fernando Colomo (Isla bonita) Cecilia Rico Clavellino (Viaje al cuarto de una madre), Arantxa Echevarría (Carmen y Lola) o Paco León (Carmina y Kiki), entre otros muchos. Todos estos trabajos, cada uno con su propia temática, se valen de un hiperrealismo (influido notablemente por la estética de la Nouvelle vague) que huye de los estereotipos para adentrarnos en la vida de individuos «corrientes».

La película de Trueba pone además sobre la mesa asuntos como la desorientación existencial (sin tener que recurrir por ello a las drogas), la falta de expectativas o el desencanto al percibir que las promesas que nos hicieron en la escuela eran falsas en su mayoría. Y es que, concluida la etapa estudiantil, irrumpe con una fuerza insospechada la vida real, esa misma cuyos miembros, los que ya están instalados, miran con recelo y algo de compasión, según se tercie, a quienes no han encontrado todavía su lugar, especialmente cuando se llega a una determinada edad y comienza el célebre interrogatorio «Anda, ¿no trabajas todavía? ¿y no tienes pareja? ¿pero qué estás haciendo con tu vida?» ; incluso a veces sucede que esos mismos que parecen tener respuestas para todo además de un «envidiable» puesto de trabajo se encuentran tan perdidos como el que más. Si no, que se lo pregunten a los personajes de El diario de Bridget Jones de Sharon Maguire, Young adult de Jason Reitman, Un otoño sin Berlín de Lara Izagirre, Las distancias de Elena Trapé, Last Christmas de Paul Feig, Vida perfecta de Leticia Dolera o Ana de día de Andrea Jaurrieta. En el caso de esta última propuesta, que hace un guiño al film de Buñuel, Belle de jour, es interesante observar el conflicto de identidad que experimenta su protagonista, en cierta forma similar al de Eva en La virgen de agosto, solo que desde la perspectiva fantástica/metafórica del doppelgänger y es que el miedo de Ana (Ingrid García Jonsson) a tomar decisiones y asumir compromisos/responsabilidades la lleva a desdoblarse en lo que los demás esperan que sea y lo que a ella le gustaría ser. Dicho dilema a la hora de decidir, y que forma parte de la esencia misma del ser humano, ha estado presente en infinidad de obras literarias, pudiendo destacarse el caso de Tres sombreros de copa de Miguel Mihura.

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Retomando el comienzo de esta reseña, existen infinitas maneras de descubrirte sin necesidad de desplazarte al otro extremo del planeta: te puedes encontrar en tu mismo pueblo o ciudad, caminando por sus calles, en una exposición, en mitad de una verbena, en una procesión, en la barra de un bar hasta las tantas, en tu casa, leyendo un libro, escribiendo, pintando, limpiando y ordenando, preparando la comida, viendo una peli, bajo el agua de la ducha, haciendo el amor, durmiendo, soñando… Te puedes encontrar de tantos modos, entre tantas aristas. Y quizá solo baste una decisión que no te atreves a tomar lo que te permita coger las riendas de tu vida para integrarte de nuevo en ese caótico ritmo del que decidiste apearte temporalmente para reflexionar.

En definitiva, La virgen de agosto es una joya rebosante de sencillez, sinceridad, delicadeza e intimismo que nos habla sobre la búsqueda de la propia identidad cuando, aparentemente, todos los demás ya saben lo que quieren. Eva deja de ser personaje para convertirse en una persona que duda, siente, disfruta, se enamora y decide en el caluroso y evocador agosto madrileño.

«El garbancero»: hijo adoptivo de Madrid

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La segunda parte de este finde cultural tiene que ver con el escritor realista Benito Pérez Galdós (1843-1920). Aprovechando el centenario de su fallecimiento, la Biblioteca Nacional ha organizado una exposición que empezó el 1 de noviembre de 2019 y se podrá visitar hasta el 16 de febrero de 2020. La exhibición, titulada Benito Pérez Galdós. La verdad humana ofrece un ameno recorrido por su trayectoria vital y profesional.

Nacido en las Palmas de Gran Canaria, en su juventud se enamoró de su prima Sisita. Su madre (mujer autoritaria), temiendo que aquello fuese a más, lo mandó a estudiar Derecho a Madrid.  Al poco tiempo de llegar a la capital, abandonó la carrera para dedicarse al periodismo y a la escritura, sus dos grandes vocaciones.

Sus primeras novelas, La fontana de oro La sombra, publicadas en 1870, son un claro exponente del grandísimo escritor que llegaría a ser. Interesado por la cultura, Galdós entró en contacto con Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza (proyecto que pretendía ofertar una educación al margen de la estatal) y viajó a París e Inglaterra; intentó plasmar su ideología liberal en sus textos lo cual le supuso recibir los ataques de Pereda y Menéndez Pelayo por considerarle un escritor crítico con el catolicismo.

En las obras del canario, los personajes ficcionales y sus dramas (intrahistoria) se entretejen con los hilos de los grandes eventos históricos del siglo XIX en España como la Guerra de Independencia o la Restauración Borbónica. Buena muestra de ello son Fortunata y Jacinta y la serie de Episodios Nacionales.

Sin embargo, no todo fue escribir para Galdós, quien también se dedicó a la política (siendo elegido diputado por Guayama (Puerto Rico)) y al amor. De hecho tuvo algún que otro romance, mereciendo ser destacada la relación con la escritora naturalista Emilia Pardo Bazán entre 1887 y 1890 (con la que llegó a mantener correspondencia que nos ha llegado hasta nuestros días y que nos hace pensar que aquello traspasó el mero intercambio de palabras) y con la modelo Lorenza Cobián, que fue la madre de la única hija reconocida del autor, María Pérez Galdós Cobián.

Si bien es cierto que Don Benito alcanzó y conoció el éxito en vida, sus últimos años estuvieron marcados por la ceguera que empezó a sufrir después de ser operado de cataratas lo cual le obligó a dictar sus novelas. Fue un firme candidato al Nobel en tres ocasiones, pero nunca lo recibió. Finalmente, en la madrugada del 4 de enero de 1920, falleció en compañía de su hija. El entierro terminó convirtiéndose en un auténtico acontecimiento social llegando a reunir a 30000 personas en las calles que salieron a despedir el coche fúnebre en su camino al cementerio de La Almudena, donde permanece enterrado.

mde Aunque a nadie actualmente se le ocurre cuestionar la relevancia  y la calidad del autor dentro de la historia de nuestra literatura, durante los años del franquismo fue relegado al olvido por su pensamiento liberal y por considerar algunos que su estilo era demasiado vulgar, lo cual hizo que se extendiese a nivel popular el apodo del «Garbancero» con el que le bautizó Valle-Inclán en Luces de bohemia (1920).

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La sección final de esta maravillosa exposición concluye con las adaptaciones cinematográficas de algunas de sus novelas  (¿Quién no se imagina hoy a Fortunata con el rostro de Ana Belén o a Tristana con el de Catherine Deneuve?) y con el testimonio de algunos personalidades del panorama literario actual, como Elvira Lindo, Care Santos, Antonio Muñoz Molina o Almudena Grandes, que se sienten herederos del modo de escribir galdosiano.

 

 

Teatro comprometido y entretenido

Hoy os traigo la primera parte de un fin de semana rico en cultura y reflexiones. Este post tiene que ver con la crítica teatral de dos propuestas inmejorables que combinan entretenimiento y compromiso social.

Solitudes: la soledad en la tercera edad

El viernes pude disfrutar en el Teatro Quijano de Ciudad Real de Solitudes, pieza de máscaras dirigida por Iñaki Rikarte que se alzó en 2018 con el Premio Max a mejor espectáculo de teatro. La obra se sirve del drama y el humor para ahondar en esa soledad a la que a menudo se condena a nuestros mayores cuando dejan de ser útiles, recordando por momentos a la novela gráfica Arrugas de Paco Roca (2007) que fue llevada al cine en 2011 por Ignacio Ferreras. Dentro del aislamiento que vive el protagonista a raíz de la muerte de su esposa, los recuerdos que conserva junto a ella se convierten en su particular y única forma de evasión. El anciano contará además con las visitas de su hijo y de su pasota nieta adolescente. Sin embargo, la incomunicación que hay entre ellos le llevará  buscar la amistad en una mosca que revolotea en la cocina o en una aspirante a prostituta que vive sometida por un chulo despiadado. El espectáculo prescinde de cualquier palabra y basa toda su potencia en el lenguaje no verbal, fundamentalmente en la música, las coreografías y la expresividad de las geniales máscaras diseñadas por Garbiñe Insausti.

#Malditos 16: la adolescencia herida


Por otro lado, el sábado tuve la doble suerte de asistir a la representación de #Malditos 16 de Coart+e Producciones dirigida por Quino Falero a partir del texto de Nando López y al posterior coloquio con el autor y los actores en el Teatro Galileo de Madrid.

Con un planteamiento que podría remitirnos a El club de los cinco (1985) de John Hughes, el drama de Nando aborda un tema delicado a la par que silenciado como el suicidio adolescente, que, no hay que olvidar, sigue siendo la segunda causa de muerte en personas con edades comprendidas entre los 15 y los 29 años según los datos proporcionados por la OMS. Partiendo de una minuciosa documentación (a base de entrevistas a supervivientes, familiares de las víctimas, psicólogos y psiquiatras), la pieza contiene elementos que la acercan a la ficción documental, técnica empleada en el montaje que vi hace unos meses de Jauría, la premiada obra con texto de Jordi Casanovas dirigida por Miguel del Arco, que reconstruye el mediático caso de la Manada a partir de la sentencia judicial y la transcripción de los testimonios obtenidos de la víctima y los acusados.

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Volviendo con #Malditos 16, la historia nos sirve para conocer el drama de Ali (Andrea Dueso), Dylan (Juan de Vera), Naima (Paula Muñoz) y Rober (Guillermo de los Santos), cuatro jóvenes que intentaron suicidarse. La obra se inicia cuando el equipo médico del hospital donde permanecieron ingresados, formado por Sergio (David Tortosa) y Violeta (Rocío Vidal), les ofrece participar en un taller para ayudar a adolescentes en su misma situación, lo cual les llevará a reabrir heridas y a reencontrarse con todos esos fantasmas del pasado que creían olvidados. El texto pretende evidenciar además un problema en absoluto desdeñable como es la falta de recursos que sufren algunos centros educativos pues, como decía el propio autor durante su intervención, es inconcebible, por ejemplo, que haya un solo orientador para mil alumnos. 

Y, si hablamos de suicidio adolescente, no podemos evitar enlazar con Por trece razones. Sin embargo, en palabras de Nando, lo que más diferencia su propuesta de la popular serie de Netflix es que en su obra nunca se llega a exhibir la violencia de forma explícita y, lo que es más importante, no se presenta el suicidio como una victoria sobre los agresores. En este sentido, el principal riesgo que corre la ficción creada por Brian Yorkey radica en mostrarnos a la víctima interactuando con el protagonista incluso cuando ella ya ha fallecido, lo cual puede llevar a una «idealización» de esa conducta por parte de algunos adolescentes, pero la triste realidad es que aquel que cumple su propósito no vuelve para contarlo. El suicidio no es un acto valiente o cobarde; es simplemente un acto multicausal, aclaró el escritor.

Ante realidades dolorosas como la depresión, el suicidio, el racismo, la homofobia, la transfobia, etc., la solución no consiste en ocultarlas o negarlas sino en abordarlas de frente para tomar conciencia de ellas y poder prevenirlas buscando soluciones constructivas al respecto. En una era digital de seres perfectos que vive a golpe de like, donde ir al psicólogo poco a poco deja de estar cada vez menos estigmatizado, la sociedad necesita más propuestas valientes como estas.

Aunque las dos obras que os he traído sean bastante diferentes tanto en apuesta formal como en contenido, ambas coinciden en ese compromiso social con los más vulnerables. Y es que la buena literatura, lejos de ser un panfleto, combina entretenimiento y reflexión.

Poseído por el mar

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Poseído por la inmensidad del mar, sentí su fuerza y su bravura recorriendo cada poro de mi piel…sentí las olas ahogadas de pasadas horas…el llanto y la risa contenidos por temor a desnudar el alma. Poseído por la inmensidad del mar, sentí la melodía ancestral de selkies y sirenas imposibles de conquistar, enamoradas de una nostalgia olvidada por el reino que dejaron atrás y al cual añoraban regresar.

La Lady Gaga de los años veinte

Tamara de Lempicka (1898-1980) fue la Lady Gaga de los años veinte. Nacida en Varsovia, viajó a Rusia, Londres, París, Milán, Nueva York, España y Cuernavaca (donde murió). Mujer polifacética, se dedicó a la pintura, siendo una de las figuras más destacadas dentro de la corriente del Art Decó. Además de su labor artística, su estilo y su forma de ser, adelantada a su tiempo y alejada de cualquier tipo de convencionalismo, hicieron que se convirtiera pronto en un icono de moda, apareciendo como portada en un número considerable de revistas. No fue, sin embargo, la única mujer que se atrevió a romper moldes. Así encontramos a dos escritoras francesas. Una fue Amandine Aurore Lucile Dupin (1804-1876), más conocida como George Sand, quien, en su obra Un invierno en Mallorca (1841), dejó constancia de cómo su estilo de vida escandaloso (pues vestía pantalones y no iba a misa) chocó de lleno con la mentalidad española y, concretamente, con la de los habitantes del bellísimo e idílico pueblo mallorquín de Valldemosa, a donde se había trasladado por una temporada con sus hijos y con el compositor polaco Frédéric Chopin. La otra autora fue Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954), cuya vida ha sido llevada al cine en 2018 por Wash Westmoreland, siendo brillantemente interpretada por Keira Knightley. En esa misma línea también podrían incluirse a la creadora del monstruo de Frankenstein, Mary Shelley; a la pintora alemana expresionista Paula Modersohn-Becker o a la artista estadounidense Margaret Keane, autora de los característicos retratos de personajes con grandes ojos. Estamos, en definitiva, ante mujeres de férrea personalidad, que no tuvieron miedo de  exigir y reclamar un hueco en un mundo dominado por hombres.

Volviendo con Tamara de Lempicka, esta se relacionó con algunos personajes relevantes de la época como Coco Chanel, Greta Garbo o, incluso, el mismísimo rey Alfonso XIII, para quien realizó un retrato. La exposición, que se puede visitar en el Palacio de Gaviria hace una retrospectiva de su carrera tanto artística y profesional como personal. Aquí os dejo una de sus frases: «He pintado reyes y prostitutas… No pinto a una persona porque sea famosa. Pinto a los que me inspiran y me hacen vibrar.»