Españoleemos se despide con teatro por tercer año consecutivo

Fue en 2018 cuando un grupo de (ex)alumnos de la Facultad de Letras de la UCLM decidió tomar la iniciativa para organizar la Semana de las Letras, EspañoLeemos. Hoy concluyen estas terceras jornadas con dos espectáculos que han estado a la altura del resto de actividades programadas como los coloquios/conferencias de Rosa Navarro Durán y Luis Alberto de Cuenca; el taller de teatro impartido por el actor Daniel Migueláñez; la proyección de Calle Mayor (1956) de Juan Antonio Bardem y la presentación del tercer número del magazín de literatura y otras artes El Mentidero.

Como decía, el final de estas jornadas ha venido marcado por dos representaciones teatrales. Esta mañana, los miembros de la Asociación de Estudiantes de Español (AEEUCLM) pusieron sobre las tablas en el Aula Magna de la Facultad de Letras una adaptación de Historia de una escalera (1949) de Antonio Buero Vallejo, autor a quien han ido dedicados estos días. Pese a tratarse de actores amateurs, es digno de aplaudir su esfuerzo y las ganas que han puesto cada uno de ellos en una representación donde hemos podido revivir el amor imposible entre Carmina y Fernando que ven con cierta resignación cómo sus sueños van siendo sepultados por la sórdida realidad de una España todavía herida por los estragos de la guerra civil. El entusiasmo y buen quehacer de sus actores se ha contagiado a un público entregado que ha estallado en una gran y emocionante ovación.

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Por la tarde nos hemos trasladado a 1597 con el espectáculo escrito y dirigido por Alberto Herreros, Cervantes en la (i)real academia de la cárcel de la compañía Pánico Escénico Producciones. La obra, que comenzó su andadura por el año 2016 con motivo del IV Centenario de la muerte del autor como ha explicado el profesor Rafael González Cañal al presentarlos, recrea el imaginario encuentro entre dos de los grandes genios que nos ha dado la literatura, Shakespeare y Cervantes, precisamente cuando este último se encontraba prisionero en la Real Cárcel de Sevilla por haber robado los impuestos que recaudaba. A medida que avanza la historia, el espectador va descubriendo el proceso de gestación del libro que habría de marcar el inicio de la novela moderna.

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Era la primera vez que acudía a estas jornadas y no puedo hacer otra cosa que reconocer el mérito de todos y cada uno de los que han estado ahí trabajando para hacerlas posibles. No me cabe duda de que los viejos alumnos sabrán transmitir su legado a los nuevos estudiantes que vayan llegando.

 

«El hombre invisible»: el acosador fantasma

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En el libro II de La República, Platón presentó el mito del anillo de Giges, un objeto mágico capaz de otorgar la invisibilidad a su portador. Con ello pretendía reflexionar sobre cómo las personas, en el momento en que dejan de ser vigiladas, cometen injusticias. La idea ha servido de inspiración a numerosas obras posteriores como El Señor de los Anillos o el caso que nos ocupa.

La novela del británico H. G. Welles, maestro fundador de la ciencia ficción junto con Julio Verne en el siglo XIX, ha conocido diversas e interesantes relecturas cinematográficas entre las que merecería la pena destacar aquella de 1933 dirigida por James Whale y protagonizada por Claude Rains; la de Paul Verhoeven, El hombre sin sombra (2000) y la cinta de Leigh Whannell que comentaré a continuación.
Elisabeth Moss cuelga la cofia de criada para encarnar a Cecilia, una mujer víctima de la violencia de género que una noche decide abandonar a su esposo, Adrian (Oliver Jackson-Cohen). Meses después, recibe la noticia de que este se ha suicidado, pasando a ser la única heredera de la fortuna con una sola condición: que no la declaren incapacitada mental. Poco a poco, Cecilia empezará a sentir la presencia amenazante e invisible de Adrian, llegando a ponerse en tela de juicio su cordura y credibilidad de víctima, tema este que ya ha sido abordado en Luz que agoniza (1944) de George Cukor o en la serie de Netflix, Creedme, basada a su vez en un caso real de violación en el que la víctima fue acusada injustamente de haberse inventado la agresión.

De forma parecida a lo que ya han hecho otras ficciones como Sola en la oscuridad (1967), Los ojos de Julia (2010), La víctima perfecta (2011), Mientras duermes (2011), Hush (2016) o la serie You (2018), la película de Whannell nos sumerge en la vulnerabilidad e impotencia de una mujer que es acechada por un acosador (stalker) invisible. Lo que podría verse inicialmente como una estampa gratuita de violencia contra el sexo femenino termina siendo un alegato contra esa lacra que, por desgracia, sigue encabezando los titulares de algunas noticias, un cine social surgido con el propósito de concienciar sobre un tema aún vigente y cuyos precedentes más claros serían Nunca más (2002) de Michael Apted y, en nuestro país, el desgarrador relato de Te doy mis ojos (2003) de Icíar Bollaín.

La ficción de Whannell entroncaría además con un grupo de películas como Alien: el octavo pasajero (1979); La extraña que hay en ti (2007); Maléfica (2014); Tres anuncios a las afueras (2017); La noche de Halloween (2018); Terminator: destino oscuro (2019); Underwater (2020) o Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn) (2020), trabajos muy diferentes unos de otros, como es evidente, pero que comparten un clarísimo mensaje de empoderamiento femenino. En todos ellos, las mujeres pasan de ser meras víctimas indefensas de asesinos, acosadores y villanos despiadados a defensoras y valedoras de su propio destino que deciden tomarse la justicia por su mano. Ya no necesitan a un hombre que las rescate ni a ningún «héroe mesiánico» que las libere o que se sacrifique sino que ellas mismas se convierten en (anti)heroínas capaces de acometer cualquier peligro.
En un género como el del terror (concretamente en el slasher),  paradigma de ese uso reiterado del tópico de la mujer (scream queen) como ser pasivo que huía de su asaltante lanzando gritos, resulta relevante esa vuelta de tuerca que ha proliferado en las últimas décadas. Dos de los casos más significativos serían las ya citadas La noche de Halloween y Terminator: destino oscuro, secuelas directas de sus respectivos clásicos originales, donde sus protagonistas, heroínas ya maduras, se alejan de sus versiones juveniles de víctimas, sirviendo como claro ejemplo de ese necesario cambio de mentalidad que  ha experimentando la sociedad a raíz de la influencia de las corrientes feministas, aunque podrían rastrearse ejemplos de este tipo de heroínas en el campo de la literatura cuando no existía todavía una conciencia clara de lo que implicaba ser feminista. Así, en su conocido drama Fuenteovejuna (1619), Lope de Vega convirtió a Laurencia, víctima de los desmanes del comendador, en una mujer fuerte que no duda en acusar a su agresor.

Tanto Laurie Strode (Jamie Lee Curtis) como Sarah Connor (Linda Hamilton) han pasado de ser víctimas que huían a mujeres capaces de empuñar un arma de fuego para defenderse, de donde se extrae además una lectura a favor de la tenencia de armas, controvertida cuestión esta que sigue preocupando a la sociedad norteamericana. En ambas ficciones se produce una clara inversión de roles: el cazador se convierte en presa de su víctima.

En el caso de El hombre invisible, la primera mitad de metraje se mueve dentro de los esquemas tradicionales del thriller psicológico hasta desembocar en un segundo acto repleto de acción. Quizá sea en la primera mitad donde resida el mayor acierto de la película al basar esta toda la tensión en la sugerencia, de manera similar a lo que ya hizo en su momento Spielberg en Tiburón (1975), donde el espectador no conseguía ver al escualo hasta la segunda mitad de la trama. Al final, no es tanto lo que se ve sino lo que se cree que pueda haber, esa amenaza invisible y terrorífica que termina actuando como metáfora «real» de las secuelas que podría arrastrar una víctima de violencia de género o de cualquier otro tipo de experiencia traumática, temática que fue retratada magistralmente por Sean Durkin en Martha Marcy May Marlene (2011), cinta que seguía los pasos de una chica que había decidido salirse de una secta.

Como decía, la película cumple con creces su objetivo de tener al espectador con el corazón en un puño.

Teatro comprometido y entretenido

Hoy os traigo la primera parte de un fin de semana rico en cultura y reflexiones. Este post tiene que ver con la crítica teatral de dos propuestas inmejorables que combinan entretenimiento y compromiso social.

Solitudes: la soledad en la tercera edad

El viernes pude disfrutar en el Teatro Quijano de Ciudad Real de Solitudes, pieza de máscaras dirigida por Iñaki Rikarte que se alzó en 2018 con el Premio Max a mejor espectáculo de teatro. La obra se sirve del drama y el humor para ahondar en esa soledad a la que a menudo se condena a nuestros mayores cuando dejan de ser útiles, recordando por momentos a la novela gráfica Arrugas de Paco Roca (2007) que fue llevada al cine en 2011 por Ignacio Ferreras. Dentro del aislamiento que vive el protagonista a raíz de la muerte de su esposa, los recuerdos que conserva junto a ella se convierten en su particular y única forma de evasión. El anciano contará además con las visitas de su hijo y de su pasota nieta adolescente. Sin embargo, la incomunicación que hay entre ellos le llevará  buscar la amistad en una mosca que revolotea en la cocina o en una aspirante a prostituta que vive sometida por un chulo despiadado. El espectáculo prescinde de cualquier palabra y basa toda su potencia en el lenguaje no verbal, fundamentalmente en la música, las coreografías y la expresividad de las geniales máscaras diseñadas por Garbiñe Insausti.

#Malditos 16: la adolescencia herida


Por otro lado, el sábado tuve la doble suerte de asistir a la representación de #Malditos 16 de Coart+e Producciones dirigida por Quino Falero a partir del texto de Nando López y al posterior coloquio con el autor y los actores en el Teatro Galileo de Madrid.

Con un planteamiento que podría remitirnos a El club de los cinco (1985) de John Hughes, el drama de Nando aborda un tema delicado a la par que silenciado como el suicidio adolescente, que, no hay que olvidar, sigue siendo la segunda causa de muerte en personas con edades comprendidas entre los 15 y los 29 años según los datos proporcionados por la OMS. Partiendo de una minuciosa documentación (a base de entrevistas a supervivientes, familiares de las víctimas, psicólogos y psiquiatras), la pieza contiene elementos que la acercan a la ficción documental, técnica empleada en el montaje que vi hace unos meses de Jauría, la premiada obra con texto de Jordi Casanovas dirigida por Miguel del Arco, que reconstruye el mediático caso de la Manada a partir de la sentencia judicial y la transcripción de los testimonios obtenidos de la víctima y los acusados.

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Volviendo con #Malditos 16, la historia nos sirve para conocer el drama de Ali (Andrea Dueso), Dylan (Juan de Vera), Naima (Paula Muñoz) y Rober (Guillermo de los Santos), cuatro jóvenes que intentaron suicidarse. La obra se inicia cuando el equipo médico del hospital donde permanecieron ingresados, formado por Sergio (David Tortosa) y Violeta (Rocío Vidal), les ofrece participar en un taller para ayudar a adolescentes en su misma situación, lo cual les llevará a reabrir heridas y a reencontrarse con todos esos fantasmas del pasado que creían olvidados. El texto pretende evidenciar además un problema en absoluto desdeñable como es la falta de recursos que sufren algunos centros educativos pues, como decía el propio autor durante su intervención, es inconcebible, por ejemplo, que haya un solo orientador para mil alumnos. 

Y, si hablamos de suicidio adolescente, no podemos evitar enlazar con Por trece razones. Sin embargo, en palabras de Nando, lo que más diferencia su propuesta de la popular serie de Netflix es que en su obra nunca se llega a exhibir la violencia de forma explícita y, lo que es más importante, no se presenta el suicidio como una victoria sobre los agresores. En este sentido, el principal riesgo que corre la ficción creada por Brian Yorkey radica en mostrarnos a la víctima interactuando con el protagonista incluso cuando ella ya ha fallecido, lo cual puede llevar a una «idealización» de esa conducta por parte de algunos adolescentes, pero la triste realidad es que aquel que cumple su propósito no vuelve para contarlo. El suicidio no es un acto valiente o cobarde; es simplemente un acto multicausal, aclaró el escritor.

Ante realidades dolorosas como la depresión, el suicidio, el racismo, la homofobia, la transfobia, etc., la solución no consiste en ocultarlas o negarlas sino en abordarlas de frente para tomar conciencia de ellas y poder prevenirlas buscando soluciones constructivas al respecto. En una era digital de seres perfectos que vive a golpe de like, donde ir al psicólogo poco a poco deja de estar cada vez menos estigmatizado, la sociedad necesita más propuestas valientes como estas.

Aunque las dos obras que os he traído sean bastante diferentes tanto en apuesta formal como en contenido, ambas coinciden en ese compromiso social con los más vulnerables. Y es que la buena literatura, lejos de ser un panfleto, combina entretenimiento y reflexión.

«El castigo sin venganza»: cuando el honor está por encima del amor

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En fin, señora, me veo
sin mí, sin vos y sin Dios:
sin Dios, por lo que os deseo;
sin mí, porque estoy sin vos;
sin vos, porque no os poseo.

Con esta hermosa y brillante quintilla, un acongojado Federico inicia su discurso para confesarle a Casandra, su madrastra, que no puede reprimir por más tiempo el amor pecaminoso que siente por ella.

El castigo sin venganza (1631) es una de las obras más geniales de Lope de Vega que descubrí en la carrera de la mano de uno de los grandes expertos en literatura española del Barroco, el profesor Felipe B. Pedraza. Estrenada cuatro años antes de su muerte, un Fénix septuagenario que se había ordenado sacerdote, vivía en pecado con una mujer casada, Marta de Nevares (conocida como Amarilis y Marcia Leonarda en algunos de sus escritos) en la casa que actualmente se puede visitar, caprichos del destino, en la madrileña calle de Cervantes. Otro día os contaré la incesante e interesante vida sentimental de Lope (para conocer mejor y desentrañar el sentido de su obra, por supuesto) y otros cotilleos de la época. Pero hoy toca hablar de El castigo sin venganza, una historia de amor apasionante, un amor imposible abocado a la desgracia que poco o nada tiene que envidiarle a Romeo y Julieta (1595) de W. Shakespeare u otras grandes tragedias de fama internacional. Recuerdo que en el verano de aquel mismo año en que  la estudié pude disfrutar de una hermosa representación de la Fundación Siglo de Oro (Rakatá). Cinco años después, he asistido al montaje dirigido por Helena Pimenta para la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Destacan en esta representación las potentes interpretaciones, no solamente del trío protagonista (Rafa Castejón (Federico), Beatriz Argüello (Casandra) y Joaquín Notario (Duque de Ferrara)) sino del resto del reparto (Nuria Gallardo, Lola Baldrich, Carlos Chamarro, Javier Collado Goyanes, Alejandro Pau y Fernando Trujillo) además de una minimalista y cuidada escenografía, encontrando reminiscencias del Trono de Hierro de la popular saga fantástica en el asiento de barbero que ocupa el Duque, encarnación del poder absoluto y la autoridad, figura que también recuerda a El Padrino de Coppola. En definitiva, un buenísimo y acertado montaje de una de las grandes piezas de nuestra literatura.

«El coronel no tiene quien le escriba»: hambre y miseria en una espera indefinida

 

El cineasta Carlos Saura es el encargado de trasladar a las tablas la novela corta del Premio Nobel, Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba (1961) en una adaptación donde Imanol Arias y Cristina de Inza dan vida a los protagonistas del relato: el coronel jubilado y su esposa, respectivamente. Al asiduo lector de Gabo (nombre con el que era apodado el colombiano) no le será difícil identificar algunos de los temas más frecuentes en su particular universo como son la soledad, el inexorable paso del tiempo, el olvido y las consecuencias de la guerra. Ambientada en Macondo, epicentro de la trama de Cien años de soledad, la obra presenta el drama de un anciano coronel que malvive con su esposa confiando en la llegada de una carta de pensión que nadie le envía. La miseria y el hambre se adueñan poco a poco del escenario, respirándose en los diálogos que sostienen los personajes y en la desnudez de un escenario salpicado con los elementos justos: la cama, la mesa, la mecedora y el gallo del cual esperan los protagonistas obtener algo de dinero para solucionar su penosa situación, un gallo que inevitablemente nos trae a la memoria aquella revisión del clásico cuento La lechera que hizo John Steinbeck en su relato La perla. Recuérdese que en ella teníamos la triste historia de Kino, un pescador que aspiraba a salir de la pobreza con la ayuda de una perla que encontró en una ostra de mar. García Márquez se erige en esta obra como la voz de aquellas personas olvidadas que dieron todo por su país, pero que nunca fueron recompensadas por ello. Dicha temática, que ya ha sido abordada en cine, deja entrever un mensaje antibelicista. Ahí tenemos Los mejores años de nuestra vida (1946) de William Wyler, donde se habla de la marginación que sufrieron los combatientes de la Segunda Guerra Mundial cuando regresaron a su país, o Nacido el 4 de julio (1989), del polémico Oliver Stone, aquella película con la que Tom Cruise nos regaló una de sus mejores interpretaciones en el papel de un mutilado veterano de la Guerra de Vietnam.

 

Como en La trinchera infinita, en El coronel no tiene quien le escriba asistimos al drama de un matrimonio, víctima de una crisis ocasionada por una absurda guerra civil. El devenir de un tiempo que no parece ofrecer tregua a las penurias se convierte en un personaje invisible que deambula al lado de los protagonistas hasta terminar asfixiándolos.

La Muerte y el caballero (cuento gótico en dos actos)

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«En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes. Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.» (El rayo de luna de Gustavo Adolfo Bécquer)

I

Vivía en un antiguo caserón de piedra, destartalado y solitario, apenas sombra de su glorioso esplendor de antaño. Era la última mansión situada a las afueras del pueblo, limitando con el Bosque Oscuro del Este. El muchacho vivía aislado de todo, sin más compañía que la de un viejo gato atigrado y cascarrabias llamado Scrooge. Inmueble y felino habían pertenecido a su abuela, pero dos inviernos hacía ya que ella los había abandonado para no regresar jamás. Con su marcha, la soledad hizo acto de presencia en la vida del joven, instalándose en ella con más intensidad que nunca, dispuesta a no desaparecer pues sus padres fallecieron cuando no había celebrado todavía su primer cumpleaños.
En los últimos meses se había recluido en la hacienda familiar, de la que era su único heredero, hallando refugio en el mundo de las palabras impresas y apenas salía a la calle, salvo para sacar algún libro de la biblioteca o para comprar algún alimento en el mercado, aunque la verdad sea dicha: tampoco comía demasiado. Desde la ventana de su habitación, más allá del jarrón de rosadas peonías y de los límpidos cristales, contemplaba las copas de los pinos, y algo más abajo, los rugosos y finos troncos envejecidos, cubiertos por el musgo. Viendo aquel espectáculo, se sentía parte de él e imaginaba su piel siendo recorrida, tras su muerte, por el salvaje verdor de la naturaleza. Ese día, después de comer, se sentó en su escritorio de caoba, como de costumbre, dispuesto a proseguir con la lectura del relato La Muerte y el caballero. Lo había iniciado con gran entusiasmo la pasada noche hasta que el sueño lo venció. Antes, sin embargo, de enfrascarse nuevamente en la fantástica narración, su cabeza se asomó al exterior y ahí fuera le pareció distinguir entre las retorcidas cortezas milenarias un punto lejano, apenas perceptible. Una blanca silueta se perfilaba en la espesura del bosque. Aun así, no estaba seguro de sus sentidos. La lluvia de octubre impactaba suavemente a un ritmo modular contra el cristal de la ventana, componiendo una melodía de calmada naturalidad, acompañada por el crujir ocasional de alguna rama. Posiblemente fuese un animal. «Un ciervo o algo parecido»—se dijo. No le concedió mayor relevancia y volvió a sumergirse en el mundo literario del Medievo. Un anónimo y gallardo caballero deambulaba por las páginas entre guerras, intrigas y pasiones palaciegas. Una hermosa dama lo acechaba en cada esquina, entre las sombras. Algo en ella le atraía, pero al mismo tiempo le aterraba…
Al día siguiente, a la misma hora, sucedió lo mismo. Antes de leer, volvió a posar su vista en la frondosa vegetación del bosque. Sin embargo, en esta ocasión no había duda. Más cercana, más próxima, se perfilaba una nítida silueta. La de una desconocida anciana con la cara carcomida, blancos cabellos enmarañados y ataviada con un blanco camisón, algo desgastado y empapado por la lluvia. Le acechaba en la distancia. La vestimenta se adhería a la piel revelando, insólitamente, una perfecta anatomía, en absoluto acorde con la edad que se le presuponía. La presencia apenas reaccionaba. Parecía una fría estatua de mármol, amenazante y espectral bajo el agua. Al día siguiente, la silueta se hallaba más cercana. Un día, otro día…la señora avanzaba, paso a paso, metro a metro, silenciosa y sigilosa hacia su casa. Aun así, él nunca llegó a detectar el más mínimo movimiento. Erguida, con una fría sonrisa, la aparición le incomodaba, generándole una extraña sensación…como esa angustiosa sensación que se tiene al despertar de una horrible pesadilla que parece demasiado real. Pero la mujer era real, y él no tuvo el coraje suficiente de levantarse y acercarse a ella. Solo la observaba a través de los cristales punteados por la lluvia. Se observaban en silencio, sin palabras, estableciendo un diálogo de mutuas miradas sin respuesta en la distancia, una distancia que iba decreciendo poco a poco con el paso de los días. Una tarde estaba a escasos metros de la fachada y, al final, sucedió lo inevitable: tres severos golpes retumbaron en la puerta principal, generando un eco que invadió el interior de cada estancia de la mansión.

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II

Dos semanas después, el bibliotecario del pueblo, alarmado ante la ausencia de noticias del muchacho, al que llevaba casi un mes sin ver, decidió acercarse al viejo caserón una tarde acompañado por su mujer. La puerta de la entrada se encontraba abierta y algunas hojas resecas se habían colado en el hall empujadas por el rumor del viento. A pesar de la penumbra, pudieron distinguir unas marcas dibujadas en el polvoriento suelo de madera. Eran huellas de pies descalzos. Se trataba de unos pies pequeños, finos y delicados. Siguieron el rastro de pisadas diminutas esparcidas como si de un sendero de baldosas amarillas se tratase. Las huellas llevaban una única dirección. Subieron los peldaños de la decrépita escalera que conducía a la primera planta y registraron uno por uno cada habitáculo hasta detenerse frente al umbral del último dormitorio al final del pasillo. Ahí se detenía el rastro. Ahí concluían las pisadas. El hombre giró el pomo de la puerta y esta chirrió con un lamento herrumbroso que le sobrecogió tanto como a su esposa. Antes de adentrarse, una bocanada de aire retenido escapó del interior rozando sus caras.

La luz anaranjada del ocaso se filtraba en la habitación a través de la ventana, impregnando el espacio de una mágica e indescriptible nostalgia. Avanzaron unos pasos hasta la figura del muchacho sentado de espaldas. El contraluz perfilaba su cuerpo asemejándolo a un dibujo estilizado. Se aproximaron a él con cautela, como si temiesen molestarle, pero al mismo tiempo sospechasen la certeza del presagio que les había conducido ahí y entonces se les reveló la triste verdad: un cadáver, aterido por el frío y cubierto por una fina capa de musgo sobre la que habían empezado a florecer algunos lirios, dormía el sueño eterno. Mas todavía les quedaba algo más por descubrir. Un ronroneo les hizo descender la mirada a la oscuridad. Allí, agazapado a sus pies, un pequeño Shere Khan ronroneaba implorando un plato de comida que nunca habría de llegar…lamiendo con insistencia, a pesar de la debilidad, la pálida y fría mano de su amo, caída y agarrotada, entre cuyos dedos reposaba un libro, abierto por la última página. No leyeron lo que decía, pero yo lo sé: «Y el caballero murió con el último beso de la Dama de la Muerte. A su encuentro acudieron sus padres y también su abuela, que nunca habían dejado de velar por él desde el Más Allá. Se reunieron y, al final, el mundo real y el ficcional se hicieron hermanos. En verdad, siempre lo habían sido…»

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«La vuelta de Nora» o la pervivencia del machismo

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La vuelta de Nora, escrita en 2017 por Lucas Hnath y dirigida por Andrés Lima, constituye la segunda parte del clásico de Henrik Ibsen, Casa de muñecas (1879). Quince años han transcurrido desde que Nora abandonase a su marido y a sus hijos para abrirse camino en un mundo de hombres. Quince años tras los cuales se ve obigada a ajustar cuentas con ese pasado que dejó atrás. Quince años en los que todo y nada han cambiado. La asfixia que sufre la protagonista, magistral Aitana Sánchez Gijón, se palpa en cada uno de sus diálogos, pero también a través de un habitáculo comprimido, aparentemente perfecto pues a medida que avanza la acción se descubren los entresijos y los rincones más oscuros de esa decimonónica y opresiva casa de muñecas, demasiado preocupada por guardar las apariencias de cara a la galería ante el temor al qué dirán…el mismo temor que padecía Carmen Sotillo/Lola Herrera en Cinco horas con Mario. Sin embargo, mientras que el personaje de Delibes optaba por la senda de la abnegación y la frustración (tampoco se le puede reprochar ya que, en el fondo, no dejaba de ser una víctima más de un sistema que ninguneaba a las mujeres y, concretamente, a un cierto tipo de ellas), Nora elegirá la difícil y tortuosa vía de la confrontación con una situación con la que no está de acuerdo en absoluto. La hipocresía social y el machismo serán los verdugos invisibles a los que la heroína habrá de enfrentarse una última vez. A lo largo de la obra, un anacronismo resulta relevante (aparte de la música): el vestuario de Emmy, la hija de Nora, interpretada por una brillantísima y talentosa Elena Rivera (a la que muchos de nosotros conocemos por haber dado vida a Karina en la longeva Cuéntame como pasó). La ropa que porta el personaje es actual precisamente para que el espectador de hoy se sienta interpelado y se percate de que las generaciones jóvenes pueden llegar a repetir los mismos patrones de conducta machista del pasado.

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Mi más sincera enhorabuena al resto del reparto (Roberto Enríquez y María Isabel Díaz Lago). Enhorabuena a tod@s por habernos hecho disfrutar, pero, sobre todo, por hacernos reflexionar. ¡Gracias!

El poder de la imaginación

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La imaginación es un caballo desbocado que ansía libertad. Resulta absurdo querer poner límites y fronteras al espíritu creador. Sería como pretender contener el universo dentro de una jaula de cristal. Cuanto mayor sea nuestra imaginación, mayores serán nuestros sueños e ideales a los que poder aferrarnos cuando todo se oscurezca, porque en el transcurso de nuestras vidas habremos de atravesar momentos de oscuridad, eso sin duda. Tener ilusión se traduce en tener pensamiento crítico  y no aceptar la realidad tal y como es sino imaginarla de la mejor manera que podría existir. Al fin y al cabo eso debería ser el motor principal del ser humano, ¿no?: un horizonte lejano de mejora y superación personal. Por esa razón, a lo largo de la historia han sido numerosos los sistemas totalitarios que han decidido erradicar (con escaso éxito) la imaginación temiendo que sus ciudadanos se cuestionasen la realidad. Y, ante esto, uno puede preguntarse: ¿Cómo se suprime esta poderosa facultad? ¿Es posible acaso su eliminación? La respuesta es, afortunadamente, negativa. Sin embargo, existen muchas y diversas maneras de atenuar la capacidad creadora y de conocimiento. Por ejemplo mediante la censura y la quema de libros, tal y como sucede en el capítulo del escrutinio de la biblioteca de Don Quijote; en la obra distópica Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury, que fue llevada al cine por François Truffaut en 1966, y que este año ha sido adaptada de nuevo por Ramin Barhani para la cadena HBO, por cierto, con bastantes malas críticas (en mi opinión algo injustificadas); o en La ladrona de libros (2005) de Markus Zusak, cuya acción se desarrolla en un pueblo alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Del mismo modo, y como curiosidad, recientemente descubrí la delirante trilogía de Imaginationland (2007) que integra la undécima temporada de la irreverente South Park (1997-) creada por Trey Parker y Matt Stone. En ella, los protagonistas han de enfrentarse a un grupo de terroristas que pretenden acabar con Imaginolandia, la tierra donde residen todas las criaturas inventadas por el ser humano: leprechauns, faunos, dragones, unicornios, Ronald McDonald, Rapunzel, etc. Otro caso igualmente llamativo es el de la obra teatral Crimen y telón (2017) de la compañía Ron Lalá. En esta brillante pieza, ambientada en un futuro distópico en el que el Glorioso Gobierno Global ha ilegalizado cualquier tipo de manifestación artística, el detective Noir, exversoadicto, debe investigar la muerte del Teatro. En cierto momento, el protagonista clama lo siguiente: «Las artes nos daban sentido. La Poesía nos hacía humanos.» El arte constituye, en definitiva, el recipiente y depositario de una parte esencial de nuestra humanidad, sin la cual estaríamos perdidos.  

Resulta de vital importancia mantener intactos nuestros sueños e ideales y no olvidarlos, pues tal y como le advierte el lobo Gmork a Bastián Baltasar Bux en la popular aunque mal envejecida adaptación cinematográfica que realizó Wolfan Petersen en los años 80 del clásico de Michael Ende, La historia interminable (1979): «[…] los hombres han empezado a perder sus esperanzas y a olvidar sus sueños. Por eso la Nada avanza cada día más.»

No quisiera concluir sin añadir algo que, aunque sé que puede sonar a topiquísimo manual de autoayuda, sinceramente, me es igual: Nunca dejes de imaginar. No importa que te llamen loco. Mejor ser un loco soñador que un loco abúlico y sin ilusión. Recuerda que sin esperanza perdemos nuestra esencia (como le sucedió a Alonso Quijano al final de sus días), hasta terminar convertidos en uno de esos gélidos ladrones del tiempo de los que hablaba Ende en Momo (1973), criaturas grises y anodinas, retratadas también por Kafka o Melville en alguno de sus relatos, historias cuyos protagonistas despertaron un  día de su letargo y decidieron plantarle cara al sistema burocrático (del que eran víctimas) con la intención de mejorarlo o, simplemente, de denunciarlo. Seamos, por tanto, un poco Don Quijotes, un poco señores Hulots (personaje del clásico Mi tío de Jacques Tati), un poco Bartlebys (protagonista del cuento homónimo de Melville que una mañana decide rebelarse eligiendo la inacción y la desobediencia como medida contra la absurda burocracia que rige el mundo) y no olvidemos nunca al Principito, al Peter Pan o a la Momo que residen en nuestro corazón, por mucho que la sociedad parezca empeñada en hacernos olvidarlos.