«Jojo Rabbit»: el nazismo visto a través de la óptica infantil

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Con un estilo que bebe de algunos planteamientos formales (encuadres, colores y ciertos diálogos repletos de humor negro) del cine de Quentin Tarantino (Malditos bastardos (2009)) y Wes Anderson (Moonrise kingdom (2012)), el neozelandés Taika Waititi evoca el reino de la infancia desde los ojos de un niño alemán, Jojo Betzler (auténtica joya la interpretación que nos regala el jovencísimo actor revelación Roman Griffin Davis).

Para Jojo las nociones del bien y del mal están comenzando a definirse, especialmente a partir del sorprendente descubrimiento de que su madre (Scarlett Johanson) oculta a una niña judía (Thomasin McKenzie) en el ático de la casa. Entre ambos muchachos irá estableciéndose un vínculo de amistad que llevará al pequeño a cuestionarse todas esas ideas que le han transmitido mediante la educación y la propaganda (geniales esos títulos de crédito iniciales donde se llega a equiparar el fervor que despertó Hitler con el fenómeno fan de los Beatles). Viendo la película, resulta imposible además no recordar otras amistades imposibles como la de El niño con el pijama de rayas La ladrona de libros.

No suele ser habitual que el punto de vista adoptado sea el del bando alemán, pudiendo citarse como ejemplos destacados, aparte de los ya mencionados, Sophie Scholl. Los últimos días (2005) de Marc Rothemund;  Lore (2012) de Cate Shortland o la miniserie Hijos del Tercer Reich (2013) de Philipp Kadelbach, y es que, un error en el que tiende a incurrir el cine a la hora de abordar el nazismo es el de meter en el mismo saco a toda la población alemana sin tener en cuenta las historias personales.

La película alterna los momentos más delirantes y absurdos con alguna secuencia dramática, pero sin llegar a recrearse jamás en la tristeza ni en la tragedia, pues como se nos dice al final en un poema de Rilke:

«Deja que todo te suceda:

belleza y terror.

Solo continúa.

Ningún sentimiento es definitivo.»

Efectivamente, ningún sentimiento es definitivo, ni siquiera el terror. De igual modo, las conversaciones que mantiene el protagonista con su ridículo amigo imaginario, Adolf Hitler (interpretado por el propio Waititi), apenas desentonan con el resto de la realidad que le rodea pues todo parece estar contagiado por su particular delirio infantil. Para Jojo, la imaginación resulta la única manera que tiene de enfrentarse a la realidad, al igual que le pasaba a Guido en La vida es bella (1997) o a Conor en Un monstruo viene a verme (2016).

No cabe duda de que la película pasará a integrar esa lista inabarcable de obras protagonizadas por seres quijotescos que terminan creando otra realidad fantástica y alternativa como vía de escape de la monótona, asfixiante y opresiva existencia. Estoy pensando en El espíritu de la colmena (1973) de Víctor Erice; Amélie (2001) de Jean Pierre Jeunet; Big Fish (2003) de Tim Burton; Tideland (2005) de Terry Gilliam; El laberinto del fauno (2006) de Guillermo del Toro; Odette, una comedia sobre la felicidad (2007) de Eric-Emmanuel Schmitt; Un puente hacia Tetabithia (2007) de Gábor Csupó; Sucker Punch (2011) de Zack Snyder; La habitación (2016) de Lenny Abrahamson; I kill giants (2017) de Anders Walter o la serie Maniac (2018) de Cary Fukunaga.


En definitiva, una ácida comedia con el fino y justo toque de dramatismo (sin resultar lacrimógeno) que nos habla sobre la infancia y esa transición o no al mundo de los adultos.

«El ascenso de Skywalker»: la espera mereció la pena

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Con esta novena entrega, J. J. Abrams concluye (solo en parte pues está previsto rodar una nueva trilogía con nuevos personajes) una de las sagas más famosas y rentables de la historia del cine. Al margen de la opinión que uno pueda tener sobre si podían o no haberse ahorrado estas tres últimas películas, hay que reconocerles el mérito de haber sabido conectar a una nueva generación de espectadores jóvenes con las otras dos trilogías anteriores. Después de las críticas tan divididas que suscitó el episodio ocho dirigido por Rian Johnson (que, por cierto, este año ha estrenado el sobrevalorado thriller detectivesco a lo Agatha Christie, Puñales por la espalda), Abrams retoma los mandos para entregarnos un más que notable y digno trabajo. Si bien, como señala Ricardo Rosado en su crítica para Fotogramas, los plazos y las fechas de estreno previstos han podido jugar en contra a la hora de obtener un producto más redondo, lo cierto es que esta nueva y última aventura está a la altura de las expectativas, equilibrando los momentos épicos con los más emotivos. Y es que, algo en lo que han fallado algunas de las sagas que se han estirado en el tiempo (estoy pensando en las tres últimas entregas de Harry Potter o en la octava temporada de Juego de tronos) es a la hora de despedir a algunos personajes como se merecen. No es el caso de esta cinta y así su director, consciente del impacto que un personaje tan icónico y querido como Leia tuvo y sigue teniendo en la cultura popular, ha hecho que esté muy presente en este desenlace (aun cuando solo aparece en unos impagables escasos minutos muy bien repartidos después de aprovechar material inédito de rodaje descartado en El despertar de la fuerza (2015)). La película constituye un hermoso y sentido homenaje a la actriz Carrie Fisher, cuya imprevista muerte en 2016 modificó algunos planes iniciales. Con independencia de lo que pueda decirse luego sobre lo que se hubiese hecho con su personaje de haber vivido la actriz, no cabe duda de que esto es lo que hay y de que han logrado hacerle justicia.

Desde el estreno de la séptima entrega, estaba claro que Rey (Daisy Ridley) sería la nueva heroína, protagonista y heredera del camino que inició Fisher en 1977 con aquella princesa rebelde con peinado de ensaimada. Estaba igualmente claro que la historia necesitaba encajar en los nuevos tiempos que corren y que demandan la presencia de personajes femeninos fuertes. Aunque a Hollywood le sigue costando incorporar en sus grandes superproducciones a protagonistas con otro tipo de orientación sexual distinta a la heteronormativa (recuérdese a Lefou en el remake de La bella y la bestia (2017) de Bill Condon y la polémica surgida porque Rusia quería prohibirla), se agradece ligeramente ese beso entre dos mujeres de la Alianza Rebelde. Al margen de esta tímida visibilización (que esperemos que Disney se decida a incorporar sin reparos en futuras películas), El ascenso de Skywalker es una cinta que conserva el aroma y el encanto que hicieron especiales a las películas originales, unas películas que fijaron las bases del blockbuster.

P.D. No os imagináis las ganas que tenía de verla. Sin duda esta era una de esas cintas que no quería perderme este año junto con It capítulo dos, Legado en los huesos y la nueva adaptación de Mujercitas de Greta Gerwig. Sé que puede sonar absurdo, pero tenía miedo a que me pudiese sobrevenir alguna desgracia que me impidiese ver el final de los Skywalker. Ese temor es el que me llevó a escribir el relato El pequeño fantasma del Cine Capitol que publiqué hace unas semanas influenciado ademas por el cuento El niño lobo del cine Mari de José María Merino. Os animo a leerlos.

«Last Christmas»: mira hacia arriba

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Como viene siendo habitual cada año, Hollywood nos regala alguna comedia o drama navideño cuando se acercan estas fechas tan señaladas. En esta ocasión ha sido el turno de Paul Feig. Conocido sobre todo por sus comedias gamberras protagonizadas por mujeres como La boda de mi mejor amiga (2011) o Espías (2015), el norteamericano no abandona su humor negro característico, pero se sabe adaptar a las normas de este tipo de películas, tan adoradas por algunos como denostadas por otros: cierta ñoñería y algo de romanticismo, una pizca de drama, acogedoras luces, nieve…salpimentado todo ello con canciones buen rolleras, en este caso de George Michael, cuyo archiconocido tema, Last Christmas (1984), pone título al film.

La cinta nos presenta la historia de Kate (Emilia Clarke o, lo que es igual, la khaleesi de Juego de Tronos), una nueva Bridget Jones de 26 años cuya vida es un completo y absoluto desastre, especialmente desde que fue trasplantada de corazón. La relación con su madre y su hermana no atraviesa su mejor momento, su vida sentimental se resume en una serie de rollos esporádicos que pretenden llenar su vacío existencial y su trayectoria profesional no parece ir mejor encaminada. Sin embargo, en medio de todo ese caos aparece el atractivo, racional y tierno Tom (Henry Golding), quien como los espíritus que visitaron a Ebenezer Scrooge en aquella lejana Nochebuena de 1844, le hará retomar las riendas de su vida y volver a ser su mejor versión. Los ecos de Dickens son indudables pues, como ya comenté en la reseña sobre Krampus, buena parte del imaginario que tenemos asociado hoy en día a la Navidad se lo debemos al autor británico.

No seré yo quien niegue algunos defectillos de la película, como la simpleza en el retrato de algunos de sus personajes, algo ridículos (también está en los clásicos más alabados), pero en conjunto resulta un film emotivo y agradable (con total seguridad pasará a integrar la lista de mis imprescindibles navideños junto con Mujercitas (1949) de Mervyn LeRoy; The holiday (2006) de Nancy Meyers y Polar Express (2004) y Cuento de Navidad (2009) de Robert Zemeckis). De igual manera, el tener de guionista a la ganadora del Óscar, Emma Thompson (que a su vez hace de madre de la protagonista) logra aportar cierto ingenio a un guión que se atreve a tocar temas candentes y de gran actualidad como la aceptación y la tolerancia de quien es diferente (inmigrantes, indigentes y homosexuales), fundamentalmente en un mundo globalizado donde los extremismos están volviendo a resurgir, una temática que, por otro lado, no le es ajena a Thompson, pues este año ha participado en Years and Years, la miniserie creada por Russell T. Davies para HBO y que, junto con la espectacular Carnival Row, la delicada Modern Love, o la esquizofrénica Undone, además, claro está, de la octava y última temporada de Juego de tronos que ha cosechado aplausos y abucheos a partes iguales, es una de las mejores ficciones del año en mi opinión.

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Years and years es una serie que vendría a ser una suerte de Cuéntame cómo pasó o The Wonder Years en clave distópica en la Inglaterra de aquí a unos años al mostrarnos la vida de una familia de clase media donde la casa de la abuela sirve de nexo de unión de cada uno de sus diversos miembros; una historia que aborda temas actuales como el renacer de los fascismos, la posible guerra futura entre China y EE. UU. , la inmigración y el transhumanismo (traslación de la conciencia a dispositivos digitales). Pero dejemos a un lado tanto pesimismo y volvamos a Last Christmas, una aparentemente desenfadada comedia dramática con tintes románticos cuyo mensaje de reencuentro con las personas que queremos y de aprovechar la vida al máximo fuera de las pantallas de nuestros teléfonos, aunque tan solo sea por Navidad, quizá sea más acertado y esencial que nunca.

«Modern Love»: para los que todavía creen en el amor

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La serie de Amazon Prime Video creada por el irlandés John Carney (autor de Once (2007) y Begin again (2013)) se ha convertido por méritos propios en una de las grandes sorpresas del año. Inspirada en un conjunto de artículos publicados en el New York TimesModern love presenta en cada uno de sus ocho capítulos una historia de amor independiente y autoconclusiva que pretende ser un reflejo del modo en que funcionan las relaciones en la época actual. Con rostros tan conocidos en Hollywood como Anne Hathaway o Dev Patel, esta delicada serie hará las delicias de los asiduos al romanticismo, en la línea de las otras dos grandes radiografías del año sobre las relaciones y vínculos sentimentales que establecemos los humanos: Foodie love de Isabel Coixet y Vida perfecta de Leticia Dolera. Porque muchas veces menos es más, los treinta minutos de duración de cada episodio contienen la emoción y la intensidad suficientes de las grandes películas de amor. Quisiera recordar en este sentido el enorme talento de Pete Docter quien supo condensar en los cuatro minutos iniciales de Up (2009) la hermosa historia de Ellie y Carl, y de John Kahrs, que logró hacerse con el Óscar a mejor cortometraje por Paperman (2012), auténtica joya de la animación. El cinéfilo que se acerque a Modern love encontrará ecos de cintas como Tú y yo (1957) de Leo McCarey, Antes del atardecer (2004) de Richard Linklater, El diario de Bridget Jones (2001) de Sharon Maguire, La la land (2016) de Damien Chazelle o el mejor cine de Nancy Meyers, que tan buenos momentos nos ha hecho pasar. Imprescindible y recomendadísima antología sentimental para los que todavía creen en el amor

El poder de la imaginación

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La imaginación es un caballo desbocado que ansía libertad. Resulta absurdo querer poner límites y fronteras al espíritu creador. Sería como pretender contener el universo dentro de una jaula de cristal. Cuanto mayor sea nuestra imaginación, mayores serán nuestros sueños e ideales a los que poder aferrarnos cuando todo se oscurezca, porque en el transcurso de nuestras vidas habremos de atravesar momentos de oscuridad, eso sin duda. Tener ilusión se traduce en tener pensamiento crítico  y no aceptar la realidad tal y como es sino imaginarla de la mejor manera que podría existir. Al fin y al cabo eso debería ser el motor principal del ser humano, ¿no?: un horizonte lejano de mejora y superación personal. Por esa razón, a lo largo de la historia han sido numerosos los sistemas totalitarios que han decidido erradicar (con escaso éxito) la imaginación temiendo que sus ciudadanos se cuestionasen la realidad. Y, ante esto, uno puede preguntarse: ¿Cómo se suprime esta poderosa facultad? ¿Es posible acaso su eliminación? La respuesta es, afortunadamente, negativa. Sin embargo, existen muchas y diversas maneras de atenuar la capacidad creadora y de conocimiento. Por ejemplo mediante la censura y la quema de libros, tal y como sucede en el capítulo del escrutinio de la biblioteca de Don Quijote; en la obra distópica Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury, que fue llevada al cine por François Truffaut en 1966, y que este año ha sido adaptada de nuevo por Ramin Barhani para la cadena HBO, por cierto, con bastantes malas críticas (en mi opinión algo injustificadas); o en La ladrona de libros (2005) de Markus Zusak, cuya acción se desarrolla en un pueblo alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Del mismo modo, y como curiosidad, recientemente descubrí la delirante trilogía de Imaginationland (2007) que integra la undécima temporada de la irreverente South Park (1997-) creada por Trey Parker y Matt Stone. En ella, los protagonistas han de enfrentarse a un grupo de terroristas que pretenden acabar con Imaginolandia, la tierra donde residen todas las criaturas inventadas por el ser humano: leprechauns, faunos, dragones, unicornios, Ronald McDonald, Rapunzel, etc. Otro caso igualmente llamativo es el de la obra teatral Crimen y telón (2017) de la compañía Ron Lalá. En esta brillante pieza, ambientada en un futuro distópico en el que el Glorioso Gobierno Global ha ilegalizado cualquier tipo de manifestación artística, el detective Noir, exversoadicto, debe investigar la muerte del Teatro. En cierto momento, el protagonista clama lo siguiente: «Las artes nos daban sentido. La Poesía nos hacía humanos.» El arte constituye, en definitiva, el recipiente y depositario de una parte esencial de nuestra humanidad, sin la cual estaríamos perdidos.  

Resulta de vital importancia mantener intactos nuestros sueños e ideales y no olvidarlos, pues tal y como le advierte el lobo Gmork a Bastián Baltasar Bux en la popular aunque mal envejecida adaptación cinematográfica que realizó Wolfan Petersen en los años 80 del clásico de Michael Ende, La historia interminable (1979): «[…] los hombres han empezado a perder sus esperanzas y a olvidar sus sueños. Por eso la Nada avanza cada día más.»

No quisiera concluir sin añadir algo que, aunque sé que puede sonar a topiquísimo manual de autoayuda, sinceramente, me es igual: Nunca dejes de imaginar. No importa que te llamen loco. Mejor ser un loco soñador que un loco abúlico y sin ilusión. Recuerda que sin esperanza perdemos nuestra esencia (como le sucedió a Alonso Quijano al final de sus días), hasta terminar convertidos en uno de esos gélidos ladrones del tiempo de los que hablaba Ende en Momo (1973), criaturas grises y anodinas, retratadas también por Kafka o Melville en alguno de sus relatos, historias cuyos protagonistas despertaron un  día de su letargo y decidieron plantarle cara al sistema burocrático (del que eran víctimas) con la intención de mejorarlo o, simplemente, de denunciarlo. Seamos, por tanto, un poco Don Quijotes, un poco señores Hulots (personaje del clásico Mi tío de Jacques Tati), un poco Bartlebys (protagonista del cuento homónimo de Melville que una mañana decide rebelarse eligiendo la inacción y la desobediencia como medida contra la absurda burocracia que rige el mundo) y no olvidemos nunca al Principito, al Peter Pan o a la Momo que residen en nuestro corazón, por mucho que la sociedad parezca empeñada en hacernos olvidarlos.  

Las escalofriantes aventuras de Sabrina

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Las escalofriantes aventuras de Sabrina es una serie creada por Roberto Aguirre-Sacasa para Netflix que se estrenó el pasado 26 de octubre, aprovechando la cercanía de Halloween. La ficción sigue los pasos de la bruja adolescente de Greendale, Sabrina Spellman (Kiernan Shipka) y su enfrentamiento con las fuerzas del Mal ante su inminente bautismo oscuro para aceptar plenamente su condición de hechicera.

La serie se basa en el cómic homónimo de 2014, que a su vez reescribía en clave oscura al personaje creado para las historietas de Archie (protagonista de Riverdale) que  empezaron a publicarse en los años cuarenta. Si bien es cierto que la bruja Sabrina comenzó su andadura como personaje secundario, tal fue su enorme popularidad que logró tener su propia tira de cómics. Sería a partir de estos que en 1996 se emitiese la conocida serie televisiva interpretada por Melissa Joan Hart. A diferencia de aquella, la ficción de Netflix posee un componente de humor negro y de terror que logra meter al espectador en esa atmósfera gótico-romántica de profundos bosques brumosos y casas encantadas, siguiendo la estela del Tim Burton de Sleepy Hollow (1999), del Sam Raimi de Evil dead (1981), del Alexandre Aja de Horns  (2013) o de las portadas de literatura pulp como se ve en la cabecera de los títulos iniciales de la serie. Estamos, sin duda, ante una obra sumamente entretenida con un aire sesentero (la ficción original se ambientaba en esos años) que se respira ya desde el primer minuto, cuando vemos a la joven protagonista en una sala de cine con sus amigos viendo La noche de los muertos vivientes (1968) de George A. Romero.

El mundo de la brujería ha sido retratado en el arte de muy diversas maneras: unas ofreciendo una visión más amable de los magos (como el personaje de Merlín el encantador de la factoría Disney)  y otras resaltando esa vinculación con el satanismo, visión difundida a partir de la Edad Media (es el caso de La Celestina, por citar uno de los ejemplos más significativos de la literatura española. Recuérdese el momento en el que la vieja alcahueta invoca al dios del Inframundo, Plutón, para que la ayude a lograr que Melibea sucumba a los encantos de Calixto),  pero sobre todo del siglo XVII (con los Juicios de Salem). Es especialmente con esta última visión con la que entronca directamente la serie. Y en la misma línea, por si hay aguien interesado en conocer otras obras similares, recomiendo la tercera temporada de la serie ideada por Ryan Murphy, American Horror Story: Coven (2013-2014); la película independiente La bruja (2015) de Robert Eggers y el cómic Las brujas de Westwood (2013), cuya historia fue creada por el escritor malagueño El Torres.

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