Feliz día, mamá

A veces siento que solo cuando las personas se han marchado es cuando realmente reparamos en lo importantes que fueron para nosotros. Ojalá fuésemos más conscientes de ello. Ojalá hiciéramos una vez en la vida el ejercicio de escribir una carta a alguien a quien amamos de verdad como si fuera la última vez que nos dirigiésemos a él.

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Hoy ha sido el «Día de la Madre» y quiero decirte, mamá, que te quiero y que siempre te he querido aunque últimamente hayamos tenido nuestros más y nuestros menos, pero ¿qué madre y qué hijo no discuten? Hay algo más importante todavía y que no quisiera olvidarme de decirte en esta carta y es que sin ti hoy no estaría donde estoy y no sería como soy. Las mayores obviedades son verdades silenciadas y por eso quería decírtelo. Gracias por tantas cosas, pero sobre todo, por darme la vida.

Recuerdo alguna noche de mi infancia en que no podía conciliar el sueño por mi ansiedad y tú estabas ahí presente con alguna palabra, con algún silencio, sosteniéndome para que no me cayera en ese océano de miedos obsesivos. Recuerdo los sábados por la mañana cuando íbamos a comprar al supermercado y lo mucho que me gustaba recorrer los estantes de productos a tu lado. Recuerdo cuando nos paró aquel policía por ir en dirección prohibida y tú le dijiste que no nos podía multar porque era el día del amor fraterno. ¡El miedo que pasé entonces por imaginarnos en el calabozo aquel Jueves Santo y lo mucho que me río ahora al recordar ese episodio! Recuerdo los viajes por la carretera con papá, Luis y la abuela. Recuerdo nuestros paseos por aquel largo camino de tierra más allá del puente de hierro. Recuerdo tu miedo a que alguien me pudiera dañar algún día por decir ser cómo era y cómo aquel temor nos alejó durante un tiempo a pesar de seguir viviendo bajo el mismo techo. El tiempo revela las verdades tarde o temprano y el orgullo de ambos terminó cediendo ante el cariño. Recuerdo las anécdotas que me contabas de cuando ibas a la escuela, de cómo tuviste que empezar a trabajar desde bien joven junto a tus hermanos para poder ayudar en casa a la abuela.

Siempre has estado ahí, de una u otra manera. ¿Hemos discutido? Sí. ¿Nos hemos perdonado? También. ¿Hemos vuelto a discutir? ¡Pues claro que sí! ¿Nos hemos reído? Muchísimo. ¿Nos hemos querido? Infinito. Al final, ¿qué es la vida sino eso? ¿qué es una madre sino alguien que está ahí sin esperar recibir nada a cambio? Y tú lo has demostrado con creces, mamá, con tus virtudes y con tus defectos, pues no hay nadie perfecto, pero te quiero así como eres, con tus frases, con tus gestos, que también viven en mí. Por ello te digo, Feliz Día de la Madre.

Fuiste mi línea 5 en la parada de Gran Vía

«Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a alguien; otros vienen después que estamos allí; unos se marchan, quedándonos nosotros, y por último también nos vamos. Imitación es esto de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en generaciones de viajeros el pequeño mundo que allí dentro vive. Entran, salen; nacen, mueren… ¡Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros! ¡Cuántos vendrán después!

Y para que la semejanza sea más completa, también hay un mundo chico de pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Muchos van allí que se nos antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta les vemos salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos; examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y sentimos verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo el vehículo, remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando, uniforme, incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es mudo teatro: siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos»

La novela en el tranvía (1871) de Benito Pérez Galdós

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Amor, correspondencia en estaciones
con números que no he vuelto a ver
y otros con los que hablé después.
Fuiste mi línea 5 en la parada de Gran Vía.
Una mañana cualquiera,
un encuentro bajo tierra.
Se abrieron las puertas
y entraste en el vagón.
Apenas levantaste la mirada
de aquel libro que leías.
Cien años de soledad
¿Te acuerdas?
Yo sí porque también lo leía.
Tras un silbido intermitente
las puertas se cerraron
y el tren reanudó su marcha.
Te sumergiste en Macondo
y yo en aquella coincidencia.
Un roce, una sonrisa.
¡Tú también lo estás leyendo!
Intercambio de palabras.
Una parada, otra más,
palabras y más palabras
y al final,
la despedida.
He oído por ahí
que encuentros así
solo pasan en el cine,
sucesión de fotogramas
y tú y yo, quién sabe,
dos estrellas descartadas
de un guion que nunca se rodó.
Fuiste mi línea 5 en la parada de Gran Vía,
estación que no he olvidado
y a la que vuelvo algunos días…

EL PEQUEÑO FANTASMA DEL CINE CAPITOL

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—¿Cuál es tu mayor miedo?—preguntó ella.
Una duda asomó en el rostro del muchacho.
—No sé… Tengo muchos. Imagino que morir…
—Bueno, ¡qué gran novedad!
—No te entiendo— replicó molesto.
—Pues que todos tenemos cierto miedo a la muerte.
—Ya, pero yo tengo miedo a morir sin haber visto antes la última de Star Wars.
—¿La última de qué?
—De Star Wars.
—¿De Star Wars?
—¡Sí!
—¿Qué miedo es ese?
—No sé. Tú preguntaste y yo contesté.

Lo cierto es que, unos días después de esta existencial conversación, el niño murió. Desde que tenía uso de razón, recordaba ir un día por semana al cine acompañado por sus padres. No había estreno que se les resistiese. Hacía diez años que su madre le había dado a luz en una de las salas del Cine Capitol, en la concurrida Gran Vía madrileña. El suceso se produjo durante la proyección de Avatar y, a partir de ahí, la fiebre cinéfila corrió por sus venas, resultando un elemento esencial en su cadena de ADN. Todavía quedan muchos años hasta que el gen cinematográfico sea descubierto, pero tiempo al tiempo. Tal y como le hizo saber a su amiga, su mayor temor era marcharse de esta vida «sin haber visto antes la última de Star Wars.» ¿Cuál habría de ser el final de la saga de los Skywalker, la familia más famosa de la galaxia mundial? Como una premonición, como si, en cierta manera, hubiese presentido lo que habría de sucederle, el muchacho murió un día atropellado. Su temor se hizo tristemente realidad. Era viernes y acababa de salir del colegio. Era viernes, y ese día había estreno. En la cartelera del Cine Capitol frente al que pasaba en el camino a la escuela se anunciaba el ansiado desenlace de la historia galáctica. Se quedó anonadado imaginando y cavilando lo que, en cuestión de horas, iba a ver en la pantalla. ¿Qué pasaría con Rey? ¿Y con Kylo? ¿Abandonaría el lado oscuro en el último momento como hizo su abuelo? ¿Qué sucedería con Leia, la princesa de Alderaan? ¿Cuál sería su final? Su padre había leído en una revista que la muerte de la actriz, Carrie Fisher había modificado los planes con respecto a su personaje. El director, J. J. Abrams, aprovechando material inédito del rodaje de la séptima entrega, había hecho lo posible para despedir a la princesa, ahora generala, como se merecía, aunque había que comprobarlo. Resultaba hermoso pensar que, incluso desde el Más Allá, Fisher pudiera seguir actuando e iluminando con su magia. La mente del chico era un frenético tornado de preguntas cuyas respuestas no tardarían en llegar. Sus padres habían tomado la precaución de comprar las entradas con un mes de antelación. En ese momento no parecía existir nada más para el pequeño. Tan ensimismado iba que olvidó mirar antes de cruzar el paso de cebra. Cuando llegaron los servicios de emergencia, no pudieron hacer nada. La muerte se produjo de manera casi instantánea después de recibir el impacto del vehículo, que lanzó su cuerpecito unos metros más allá contra el frío asfalto. Ya no podría ver aquel estreno. Ya no podría ver a su añorada y rebelde princesa Leia… Ese fue su último pensamiento mientras un velo de oscuridad cubría su tierna mirada. Aunque en el Cielo fue recibido con los brazos abiertos, lo que deseaba por encima de todo era regresar a aquel cine que le vio nacer. Dios, desconcertado, no supo cómo actuar al principio, pero, conmovido finalmente, decidió que el niño pudiera cumplir aquel deseo truncado por el destino, y no una sino todas las veces que quisiera. De esta manera, cada viernes de estreno, el chico podría acudir allí. Ese día, el día de su muerte, tres butacas permanecieron vacías durante la proyección. Un espectador creyó ver fugazmente, sin embargo, a un niño sentado a su lado, un niño cuya visión resplandeciente apenas duró unas décimas de segundo. Luego, la presencia infantil se desvaneció. Fue como un holograma transparente y luminoso, pero no podía estar seguro y por eso se guardó contárselo a su novia al salir, no fuera a ser que le tomara por un loco. Numerosos e idénticos testimonios habrían de sucederse cada viernes a lo largo de los años. Todos ellos coincidirían en la descripción, la de un niño sentado en la misma butaca «vacía»…un niño luminiscente que no podía apartar la mirada de la pantalla. Nadie supo nunca que aquel niño misterioso era el mismo que nació una vez allí, el mismo niño cuyo paraíso siempre estuvo en un cine con olor a palomitas.

Amigo de los monstruos

El niño tenía miedo a la oscuridad. Temía que los monstruos pudieran infligirle algún tipo de daño.

Escuchaba crujir el parqué del pasillo y temblaba solo de pensar que aquellas presencias sin rostro ni forma definidos pudieran rozarlo. Era un temor a lo desconocido, el mismo tipo de temor que se tiene en soledad cuando estás sentado en tu escritorio ensimismado en la creación literaria y sientes a alguien por detrás, pero cuando te giras no hay nadie. Es el temor donde confluyen diferentes tipos de terrores.

Al final, incapaz de conciliar el sueño por el miedo que sufría, incapaz de soportar la tortura de otra madrugada más de insomnio, el adolescente se decidió a pactar con todas aquellas criaturas de las sombras, con todos esas bestias del celuloide que le habían aterrorizado en las noches de su infancia: Freddy, Jason, Pennywise, Alien…

Creó un ejército de monstruos para enfrentarse a la amenaza sin nombre, a ese temor impronunciable que apenas era capaz de vislumbrar y solo así descubrió que era más fácil vencer al propio miedo, pues también los monstruos poseen su pasado y el poder que acumulan solo reside en el miedo que generan, en el propio poder que les otorgamos al temerles o en el hecho de hacerles creer que podrán contra nosotros. El adolescente se convirtió, de esta manera y sin haberlo previsto, en el inseparable amigo de los monstruos.

Dorothy & Alice

Son las cuatro en el reloj de la pared y no me duermo porque quiero vivir mientras todos duermen. Quiero rebelarme contra el Hombre de Arena…robarle el saco de los sueños, pillarme un colocón de azúcar para viajar a Emerald City de donde Dorothy nunca se fue. Y es que ¿por qué habría de regresar a ese puto blanco y negro habiendo disfrutado de los placeres multicolores?
Nos mintieron con descaro. Dorothy mató a la bruja, sí, pero se quedó a vivir allí y a veces iba a visitar a Alicia al País de las Maravillas. A la entrada de palacio, clavada en una pica, la cabeza de la Reina d Corazones.