Poseído por el mar

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Poseído por la inmensidad del mar, sentí su fuerza y su bravura recorriendo cada poro de mi piel…sentí las olas ahogadas de pasadas horas…el llanto y la risa contenidos por temor a desnudar el alma. Poseído por la inmensidad del mar, sentí la melodía ancestral de selkies y sirenas imposibles de conquistar, enamoradas de una nostalgia olvidada por el reino que dejaron atrás y al cual añoraban regresar.

El cerezo que leyó Bartleby

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En el parque de un dorado atardecer de domingo, la curiosidad de un joven cerezo lo llevó a estirar los ojos de sus ramas hacia el libro que un viajero ocasional leía sentado en un viejo banco de madera. Su conocimiento de la lengua y la escritura de los humanos no era demasiado exhaustivo, pero al menos sí lo suficiente como para interpretar el significado de algunas de las palabras que poblaban las desgastadas hojas amarillentas de ese ejemplar que el viajero sostenía entre sus manos…un ejemplar que, al parecer, había sido escrito por un tal Herman Melville. En aquellas páginas se contaba la curiosa y triste historia de un oficinista que se negaba a seguir las absurdas normas de un sistema burocrático por lo que al final terminaba siendo despedido y encarcelado. El viajero concluyó la lectura, cerró el libro y se marchó recorriendo el mismo sendero de grava por el que había venido, pero el cerezo se quedó pensativo y dubitativo durante largos días, mascando e intentando desgranar el sentido más profundo de aquel relato que acababa de leer y que tan profundamente le había marcado en la rugosa corteza de su corazón. Al poco tiempo llegó la primavera y todos los árboles, almendros, olivos y, por supuesto, los cerezos también, comenzaron a producir sus preciadas flores multicolores que, como cada año, impregnaban predestinadamente el viento de los más diversos y dulces aromas, terror, al mismo tiempo, de los alérgicos a los pólenes de gramíneas y otros vegetales. Bueno, no todas las plantas parecieron celebrar aquel año la llegada de la florida estación. Entre todos esos árboles, hubo uno, el cerezo lector, el cerezo Bartleby, que quiso florecer en cualquier temporada del año que no fuese primavera. El cerezo deseaba o, mejor dicho, ansiaba florecer en una estación que él hubiese escogido libremente.

 

Al principio, eso le granjeó la incomprensión por parte de algunos de sus compañeros que no lograban entender lo más mínimo su absurda decisión de querer contradecir los designios de la madre naturaleza. Pensaban que, tal vez, pudiese estar enfermo o padecer algún tipo de locura plantífica. «Este árbol no ha hecho bien la fotosíntesis»—comentó un viejo roble con cierto sarcasmo al resto de compañeros levantando sus ramas al cielo y adoptando un aire prepotente. Los demás le corearon palmeando sus ramas unas contra otras y aquella actitud provocó pesar en el joven cerezo, que empezó a temer y a lamentar haberse equivocado en su empeño de escribir su propio destino. Fueron meses difíciles para él pues sufrió el rechazo de muchos a quienes consideraba amigos y que, en cuestión de meses, le habían relegado a la más absoluta soledad. Sin embargo, al final nadie pudo negar un hecho incuestionable y este fue lo mucho que resaltaban las flores de aquel cerezo cuando las del resto de
árboles se habían marchitado.

La Muerte y el caballero (cuento gótico en dos actos)

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«En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes. Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.» (El rayo de luna de Gustavo Adolfo Bécquer)

I

Vivía en un antiguo caserón de piedra, destartalado y solitario, apenas sombra de su glorioso esplendor de antaño. Era la última mansión situada a las afueras del pueblo, limitando con el Bosque Oscuro del Este. El muchacho vivía aislado de todo, sin más compañía que la de un viejo gato atigrado y cascarrabias llamado Scrooge. Inmueble y felino habían pertenecido a su abuela, pero dos inviernos hacía ya que ella los había abandonado para no regresar jamás. Con su marcha, la soledad hizo acto de presencia en la vida del joven, instalándose en ella con más intensidad que nunca, dispuesta a no desaparecer pues sus padres fallecieron cuando no había celebrado todavía su primer cumpleaños.
En los últimos meses se había recluido en la hacienda familiar, de la que era su único heredero, hallando refugio en el mundo de las palabras impresas y apenas salía a la calle, salvo para sacar algún libro de la biblioteca o para comprar algún alimento en el mercado, aunque la verdad sea dicha: tampoco comía demasiado. Desde la ventana de su habitación, más allá del jarrón de rosadas peonías y de los límpidos cristales, contemplaba las copas de los pinos, y algo más abajo, los rugosos y finos troncos envejecidos, cubiertos por el musgo. Viendo aquel espectáculo, se sentía parte de él e imaginaba su piel siendo recorrida, tras su muerte, por el salvaje verdor de la naturaleza. Ese día, después de comer, se sentó en su escritorio de caoba, como de costumbre, dispuesto a proseguir con la lectura del relato La Muerte y el caballero. Lo había iniciado con gran entusiasmo la pasada noche hasta que el sueño lo venció. Antes, sin embargo, de enfrascarse nuevamente en la fantástica narración, su cabeza se asomó al exterior y ahí fuera le pareció distinguir entre las retorcidas cortezas milenarias un punto lejano, apenas perceptible. Una blanca silueta se perfilaba en la espesura del bosque. Aun así, no estaba seguro de sus sentidos. La lluvia de octubre impactaba suavemente a un ritmo modular contra el cristal de la ventana, componiendo una melodía de calmada naturalidad, acompañada por el crujir ocasional de alguna rama. Posiblemente fuese un animal. «Un ciervo o algo parecido»—se dijo. No le concedió mayor relevancia y volvió a sumergirse en el mundo literario del Medievo. Un anónimo y gallardo caballero deambulaba por las páginas entre guerras, intrigas y pasiones palaciegas. Una hermosa dama lo acechaba en cada esquina, entre las sombras. Algo en ella le atraía, pero al mismo tiempo le aterraba…
Al día siguiente, a la misma hora, sucedió lo mismo. Antes de leer, volvió a posar su vista en la frondosa vegetación del bosque. Sin embargo, en esta ocasión no había duda. Más cercana, más próxima, se perfilaba una nítida silueta. La de una desconocida anciana con la cara carcomida, blancos cabellos enmarañados y ataviada con un blanco camisón, algo desgastado y empapado por la lluvia. Le acechaba en la distancia. La vestimenta se adhería a la piel revelando, insólitamente, una perfecta anatomía, en absoluto acorde con la edad que se le presuponía. La presencia apenas reaccionaba. Parecía una fría estatua de mármol, amenazante y espectral bajo el agua. Al día siguiente, la silueta se hallaba más cercana. Un día, otro día…la señora avanzaba, paso a paso, metro a metro, silenciosa y sigilosa hacia su casa. Aun así, él nunca llegó a detectar el más mínimo movimiento. Erguida, con una fría sonrisa, la aparición le incomodaba, generándole una extraña sensación…como esa angustiosa sensación que se tiene al despertar de una horrible pesadilla que parece demasiado real. Pero la mujer era real, y él no tuvo el coraje suficiente de levantarse y acercarse a ella. Solo la observaba a través de los cristales punteados por la lluvia. Se observaban en silencio, sin palabras, estableciendo un diálogo de mutuas miradas sin respuesta en la distancia, una distancia que iba decreciendo poco a poco con el paso de los días. Una tarde estaba a escasos metros de la fachada y, al final, sucedió lo inevitable: tres severos golpes retumbaron en la puerta principal, generando un eco que invadió el interior de cada estancia de la mansión.

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II

Dos semanas después, el bibliotecario del pueblo, alarmado ante la ausencia de noticias del muchacho, al que llevaba casi un mes sin ver, decidió acercarse al viejo caserón una tarde acompañado por su mujer. La puerta de la entrada se encontraba abierta y algunas hojas resecas se habían colado en el hall empujadas por el rumor del viento. A pesar de la penumbra, pudieron distinguir unas marcas dibujadas en el polvoriento suelo de madera. Eran huellas de pies descalzos. Se trataba de unos pies pequeños, finos y delicados. Siguieron el rastro de pisadas diminutas esparcidas como si de un sendero de baldosas amarillas se tratase. Las huellas llevaban una única dirección. Subieron los peldaños de la decrépita escalera que conducía a la primera planta y registraron uno por uno cada habitáculo hasta detenerse frente al umbral del último dormitorio al final del pasillo. Ahí se detenía el rastro. Ahí concluían las pisadas. El hombre giró el pomo de la puerta y esta chirrió con un lamento herrumbroso que le sobrecogió tanto como a su esposa. Antes de adentrarse, una bocanada de aire retenido escapó del interior rozando sus caras.

La luz anaranjada del ocaso se filtraba en la habitación a través de la ventana, impregnando el espacio de una mágica e indescriptible nostalgia. Avanzaron unos pasos hasta la figura del muchacho sentado de espaldas. El contraluz perfilaba su cuerpo asemejándolo a un dibujo estilizado. Se aproximaron a él con cautela, como si temiesen molestarle, pero al mismo tiempo sospechasen la certeza del presagio que les había conducido ahí y entonces se les reveló la triste verdad: un cadáver, aterido por el frío y cubierto por una fina capa de musgo sobre la que habían empezado a florecer algunos lirios, dormía el sueño eterno. Mas todavía les quedaba algo más por descubrir. Un ronroneo les hizo descender la mirada a la oscuridad. Allí, agazapado a sus pies, un pequeño Shere Khan ronroneaba implorando un plato de comida que nunca habría de llegar…lamiendo con insistencia, a pesar de la debilidad, la pálida y fría mano de su amo, caída y agarrotada, entre cuyos dedos reposaba un libro, abierto por la última página. No leyeron lo que decía, pero yo lo sé: «Y el caballero murió con el último beso de la Dama de la Muerte. A su encuentro acudieron sus padres y también su abuela, que nunca habían dejado de velar por él desde el Más Allá. Se reunieron y, al final, el mundo real y el ficcional se hicieron hermanos. En verdad, siempre lo habían sido…»

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Apolo & Dafne (versión animal y libre del mito clásico tratado por Ovidio y Garcilaso de la Vega, entre otros)

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Much@s conocemos el mito clásico del origen del laurel: la ninfa Dafne, acosada por el dios Apolo, pidió auxilio a su padre, Peneo, quien la transformó en dicha planta (de hecho, Dafne en griego significa laurel). El relato ha sido recreado por gran número de artistas a lo largo de la historia. Entre otros por Ovidio (43 a. C. – 17 d. C.) en sus Metamorfosis; por Garcilaso de la Vega (1498/1501-1536) en uno de sus sonetos y por Bernini (1598-1680) en su célebre y genial escultura (expuesta en la Galería Borghese (Roma)).

Hace unos años, mientras paseaba al atardecer por el campo de unos amigos, me encontré con una curiosa e insólita escena: la de una oca siendo perseguida por un jabalí mientras elevaba sus alas al cielo, como implorando socorro. Embobado como me quedé apenas me dio tiempo a sacar la cámara de fotos y capturar ese instante, pero al final lo hice. De acuerdo, la imagen tampoco es que tenga demasiada calidad, pero no me negaréis la originalidad. A partir de ese momento mi mente comenzó a asociar ideas (creo que ese año nos habían explicado la literatura renacentista en una de las asignaturas de la carrera) y fruto de eso, ayer por la noche me decidí por fin a escribir este pequeño texto:

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«Y la oca Dafne, sintiéndose acosada por los requiebros amorosos de Apolo el jabalí, invocó la protección de su padre Peneo, el dios del río, quien la convirtió en verde hierba… Un momento, aguarda… ¿o era laurel? No lo recuerdo. La cuestión es que la dama pasó del señor de manera clara y evidente, y este, incapaz de aceptar la triste y cruel realidad, se puso a llorar y a llorar desconsoladamente, y con cada lágrima que derramaba, crecía y crecía la causa de su desdicha, cubriendo de esmeralda la espera de sus días.»

La sirena del Congosto

 

Continuando en la misma línea que en mi anterior entrada, hoy os traigo una curiosa historia. El fin de semana pasado, un amigo me invitó a su pueblo, Fernán Caballero (Ciudad Real) para hacer una ruta de senderismo a la Laguna del Congosto, un apacible paraje situado a unos siete kilómetros de distancia y surcado por el río Bañuelos. Algunos de los lugareños nos adviertieron antes de llegar sobre los peligros que entrañan sus aguas. Al parecer, nadie ha logrado conocer su profundidad exacta, enigma acrecentado especialmente a raíz de que un carro se despeñase, hundiéndose en la marisma. Nunca más se supo de él. Posiblemente su desaparición haya que relacionarla con una fantástica y extraordinaria leyenda que circula por la zona. Según esta, la laguna es el hogar de una criatura híbrida, mitad humana, mitad pez….una sirena de piel escamosa y voz encantadora que ha sido vista solo por algunos pocos afortunados en la Noche de San Juan (23 de junio), fecha en la que, como es sabido, las fronteras entre el mundo mágico y el de los humanos desaparecen.

Al contemplar la quietud de las aguas de la laguna no me pude resistir a leer el comienzo de la leyenda Los ojos verdes de Gustavo Adolfo Bécquer, uno de mis poetas predilectos, que dice así: «Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano.»

Tal vez, leyendo aquellas palabras esperaba que surtiesen algún efecto de invocación, haciendo surgir de la oscura superficie a la sirena, pero tan solo escuchamos un chapoteo lejano… Unas nutrias seguramente, o quién sabe. Antes de marcharnos, decidí, no obstante, depositar sobre una roca una piedra votiva…una especie de ofrenda a aquella criatura antigua del agua. Quien me lea pensará que estoy un poco loco y, aunque fue una broma, a veces es bueno creerse las leyendas que oímos pues poseen un sustrato de verdad. Y es que como nos dijo la madre de mi amigo: «¿Por qué habrían de mentirnos nuestros abuelos?» Ahora, mientras escribo estas palabras yo me pregunto sobre el porqué…¿Lo hicieron acaso para prevenirnos sobre los riesgos del medio acuático…o realmente es que observaron algo sorprendente y fuera de lo común? Un silencio misterioso me responde…

 

«El bosque de los sueños»: cuando Dante fue a Japón…

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«Se dice que crece una flor cuando un alma pasa al otro lado desde este lugar.»

(El bosque de los sueños)

Antes de comenzar con el comentario de la película, he de decir que no entiendo las horribles críticas que ha recibido este último trabajo de Gus Van Sant…pues se ha querido ver como un manual de autoayuda. Y yo me pregunto: ¿Por qué esa inquina contra las obras de autoayuda? ¿Es acaso porque intentan vendernos frases manidas y simples para consolar a quienes las leemos? Sí, lo admito…yo también he leído algunas de estas obras. Y es que, si lo pensamos detenidamente, muchos clásicos (no etiquetados como de autoayuda) nos han ayudado. Piénsese en El principito, por ejemplo. Y, sin embargo, ese género de autoayuda, tan desdeñado por algunos, es uno de los que gozan de mayor éxito. ¿Será, tal vez, porque en el fondo tod@s buscamos ayuda aunque no queramos admitirlo? Realmente no tengo una respuesta definitiva al respecto.

Como siempre, intento tener mi propio criterio (y en ocasiones no coincide con lo que piensa la mayoría o lo que dicta la norma). Por ello tengo que decir que es esta una de las obras que más me han entusiasmado de Gus Van Sant, junto con Restless (2011), donde ya aparecía la temática de la muerte.

El bosque de los sueños (2015) es un drama (con una pincelada sobrenatural) que cuenta la historia de Arthur Brennan (Matthew McConaughey, que, una vez más, demuestra que no es solamente una cara bonita), un hombre cuya esposa, Joan (Naomi Watts) acaba de fallecer. Destrozado por la pérdida, decide acabar con su vida, adentrándose en Aokigahara, un bosque a los pies del monte sagrado Fugi, en Japón. Es este bosque un espacio real al cual acuden multitud de personas, algunas como turistas y otras con la intención de suicidarse. Por ello, es normal encontrarse en la espesura con carteles de frases vitalistas con el fin de hacer cambiar de idea a las personas que desean morir.  Una vez allí, Arthur se encuentra con Takumi Nakamura (Ken Watanabe), un japonés que también quiere suicidarse. Juntos recorrerán el Mar de Árboles (que es otro de los nombres que recibe este curioso e insólito bosque). A lo largo del camino, Arthur empezará a recordar su pasado con su mujer, recuperando, poco a poco, sus ganas de vivir.

Aokigahara es un lugar que ha ejercido un enorme poder de fascinación en todo aquel que ha oído hablar de él (Intuyo que tiene que ver con la conexión con la naturaleza que tod@s buscamos. Quien esté interesado en el asunto puede leer el trabajo donde analizaba el vínculo con la naturaleza en Avatar [1] ) Así, además del film que nos ocupa,  en 2016 se estrenó la película de terror El bosque de los suicidios, de Jason Zada, a raíz de la cual, el programa Cuarto Milenio dedicó un reportaje a este lugar. [2] 

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(La Barca de Dante (1822) de Delacroix)

El referente indiscutible de la película es La Divina Comedia. En este sentido, Arthur sería Dante; Takumi, Virgilio; Joan, Beatrice… y el propio bosque, actuaría como una suerte de Purgatorio, tal y como le hace saber Takumi a Arthur en un momento del film. Recuérdese, de igual manera, el comienzo de La Divina Comedia, donde el poeta se halla perdido en una selva oscura, hasta que se encuentra con Virgilio, que decide guiarlo por el Más Allá en su periplo hacia el Paraíso.

En definitiva, se trata de una película hermosa, cargada de lirismo, y que, pese a tocar el incómodo tema del suicidio, al final termina reconduciéndose para transmitir un mensaje positivo, que nunca está de más en los tiempos que corren.

EL VÍNCULO CON LA NATURALEZA EN «AVATAR»

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«Nunca se entiende realmente a una persona hasta que consideras las cosas desde su punto de vista…hasta que te calzas sus zapatos y caminas con ellos»

(Gregory Peck en Matar a un ruiseñor)

 

RESUMEN

En este estudio se examina la visión de la naturaleza en la película de 2009, Avatar. También se examinan las conexiones entre religión (Dios) y ecologismo natural proponiendo además un ecologismo de la persona que tenga como base la defensa de la integridad humana. Sin compartir la visión panteísta, es cierto que la contemplación de la naturaleza puede llevar al ser humano a reflexionar sobre la trascendencia de la misma, pudiendo llevarle a preguntarse sobre la existencia de una entidad superior.

 

  1. INTRODUCCIÓN

En los últimos años, ante los evidentes efectos del cambio climático (recuérdese el documental de 2006 en el que participó el exvicepresidente estadounidense Al Gore, Una verdad incómoda, y del que este año se estrena su segunda parte, Una verdad muy incómoda: Ahora o nunca) se viene observando un creciente interés por ideas ecologistas en defensa de la naturaleza. Un buen ejemplo lo hallamos en la película de ciencia ficción Avatar, dirigida por James Cameron.

 

  1. ¿QUÉ ES “NATURALEZA”?

El hombre es un ser que vive en la naturaleza, pero determinar qué abarca la misma ha sido un tema que se remonta a la Antigüedad. Por naturaleza se entiende todo aquello que es antes de que el hombre actúe sobre él. A lo largo de la historia se han tenido diferentes visiones de la naturaleza: lugar de descanso (en la Antigüedad y en el Renacimiento, con los tópicos del Beatus ille y el Locus amoenus), trasunto de los sentimientos del poeta (en el Romanticismo), madre de todos los seres vivos, fuente  inagotable de recursos. Sin embargo,  últimamente se ha demostrado que esos recursos no son tan inagotables como parecían, por lo que se hace necesaria una regulación en su explotación.

Avatar propone un modelo de sociedad   ideal y utópica en tanto que se produce un vínculo muy profundo (Tsaheylu) entre la naturaleza y los Na´vi (población de Pandora). En la tribu de los Na´vi existe una estrecha relación entre biología y espiritualismo. Frente a lo natural tenemos lo no-natural, lo artificioso, representado por los colonizadores, que con sus máquinas y su afán por explotar un yacimiento mineral no dudan en someter a los Na´vi y destruir su hábitat.

La naturaleza puede conectar a los humanos con la divinidad (Eywa). El hombre pertenece a la naturaleza. Sin embargo, puede desviarse y no alcanzar una conexión con ella, llegando incluso a destruirla.

 

  1. DIOS Y LA NATURALEZA

Cuando observamos la naturaleza, surge una pregunta: ¿qué o quién la ha creado? Ante esto surgen dos posibles respuestas: el azar o un ser superior. De igual manera, el ser humano ha de responsabilizarse con el hábitat que le ha tocado. Sin embargo, ¿con respecto a qué o a quién ha de darse esa responsabilidad?  La respuesta la tienen clara los habitantes de Pandora: Eywa, que es la divinidad, en tanto que una parte de su esencia reside en la naturaleza y en los propios seres que la habitan.

En la película, los Na´vi rinden culto a la naturaleza porque consideran que su dios reside en ella. El árbol de las almas que aparece constituye una especie de templo sagrado para ellos y simboliza al mismo tiempo la propia existencia. En él se recogen los recuerdos de la tribu, lo cual no deja de recordar a la carta[1] de Seattle –jefe de la tribu Suwamish– al presidente de los EEUU, Franklin Pierce, en 1855, ante el deseo de este último de comprar las tierras a los indios.

 

  1. EL RESPETO POR LA NATURALEZA

El tema que propone Avatar ha aparecido ya reflejado en multitud de películas como Bailando con lobos (1990), Pocahontas (1995), Tarzán (1999), Atlantis: el imperio perdido (2001), El Señor de los Anillos (2001, 2002 y 2003), Madre! (2017), etc. Un lugar puro se ve corrompido por el ansia de poder de los hombres. En medio de ese conflicto, el único capaz de mediar entre los Na´vi y los humanos es Jake Sully (Sam Worthington). Él comprende a los Na´vi porque ha convivido con ellos. Lo cierto es que esto resulta aplicable a la situación de algunas tribus. Conviene conocer antes de juzgar y dejar de imponer nuestras formas occidentales de vida. Uno de los villanos (Giovanni Rivissi) no logra entender cómo a pesar de construirles colegios, enseñarles inglés, las relaciones con los Na´vi no han hecho más que empeorar. La bióloga Grace (Sigourney Weaver) le responde que normalmente eso sucede cuando se usan ametralladoras contra ellos. Para compartir el mundo con ellos hay que comprenderlos primero. Solo desde el respeto a los otros, se puede lograr un equilibrio perfecto.

También conviene destacar el hecho de que en los últimos años están triunfando cada vez más  tendencias espiritualistas ecológicas. Estas se basan en la armonía con el medio ambiente.  Considero esta idea como realmente loable, aunque  de nada sirve esa armonía si no nos respetamos a nosotros mismos y por extensión a nuestros semejantes. Hay que guardar el medio ambiente, pero ante todo la dignidad del ser humano. En consecuencia, cada uno ha de ser consecuente con lo que piensa. Si defiende la protección de la naturaleza, sería lógico que también respetase  a las personas de otra raza, etnia, religión u orientación sexual, por ejemplo. De igual manera, resultaría incoherente la actitud de una persona que crea en un Dios bondadoso y, sin embargo, deprecie o ridiculice a otra persona que no comparta sus creencias o sea de otra raza, etnia u orientación sexual. Como dijo el papa Francisco en su primera homilía:

[…] La vocación de custodiar no sólo nos atañe  a nosotros, los cristianos, sino que tiene una  dimensión que antecede y que es simplemente  humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la  creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos […] Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos  por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido.

Precisamente es esto lo que sucede en Avatar y lo que ha sucedido a lo largo de la historia, en las colonizaciones y guerras: el hecho de considerar al otro como un ser inferior conduce a no respetarlo y por ende a imponerse por la fuerza. El ser humano ha de ser custodio de la naturaleza donde habita. Pero también tenemos que cuidar de nosotros mismos, es decir, vigilar nuestros sentimientos y no dejarnos arrastrar por la soberbia como les sucede a los colonizadores de la película. Estas ideas, que en principio parecen tan claras, evidentes e incluso infantiles, resultan realmente difíciles de llevar a la práctica en una sociedad que nos bombardea constantemente con anuncios donde se nos invita a consumir por encima de todo para alcanzar la “verdadera felicidad”.

 

  1. EL VÍCULO CON LA NATURALEZA

A lo largo de la película son varios los momentos en los que se llega a equiparar al resto de seres vivos con los humanos. Para los Na´vi, todo ser vivo tiene un componente espiritual. Este vínculo que se establece entre el guerreo (tasonyu) y el caballo alado (Ikran) ya aparece reflejado en la literatura medieval caballeresca española. Así, por ejemplo en el Doctrinal de caballeros de Alonso de Cartagena (s. XV) se dice, hablando de las características que han de poseer los caballos de los caballeros andantes, lo siguiente:

Los caballos buenos deven aver en sí tres cosas: la primera, ser de buena color; la segunda, ser de buenos corazones; la tercera, aver muchos convenientes que respondan a estas dos cosas.

Como  señala Enric Dolz Ferrer en su tesis doctoral de 2004,  una de las características que con más énfasis destacan los autores medievales en sus bestiarios acerca de los caballos y la que hace de ellos un caso único entre todos los animales es su capacidad para mudar de estado de ánimo según el que observa en su amo. La traducción castellana de la primera partida del Livres dou Tresor de Brunetto Latini muestra esto en el capítulo 181:

  Cavallo es una bestia de gran conosçençia, ca por que viven entre los onbres, toman manera de entendemiento, en guisa que conosçen su señor y mudan costunbre y manera y vienta la batalla y alegrase y esfuerçase con el son de las tronpas, y alegrase cuando vençe y entristeze quando pierde [su señor] […] Et es cosa provada de muchos cavallos, que lloran y que echan lagrimas por la muerte de sus señores, y non ay ninguna otra bestia que lo faga si non el cavallo.

De igual manera, el canto de los pájaros se encuentra estrechamente relacionado en numerosas leyendas medievales con el lenguaje de la divinidad, como se puede leer en el Bestiario de Pierre Le Picard, referido al ruiseñor: 

Canta toda la noche, pero con más fuerza que nunca cuando va a salir el sol, y a la llegada del sol manifiesta una gran alegría tanto en su persona como en su canto. Y es imagen del alma santa que en la noche de esta vida espera a Nuestro Señor.

 

  1. CONCLUSIÓN

Todos estos ejemplos no sirven sino para mostrar cómo el ser humano, ya desde antiguo, ha intentado hallar un componente espiritual en la naturaleza. Sin compartir la ideología panteísta, sí es cierto que la naturaleza nos puede llevar a reflexionar sobre la trascendencia de la misma.  Y es que, una obra maestra como es la naturaleza (con sus virtudes y sus defectos) no puede ser fruto del azar. Por tanto, la labor del ser humano comprende la de defender la naturaleza y por ende a todos los seres que la habitan, incluyendo a los mismas criaturas humanos. Es por ello que si uno se considera «ecologista natural», también debería ser «ecologista humano». En principio, todos los seres humanos deberíamos ser ecologistas en sus dos facetas, o sea, deberíamos amar la naturaleza y a nuestros semejantes. Solo desde el amor, el ser humano puede florecer.

 

  1. BIBLIOGRAFÍA

GUARDINI, R., Mundo y persona, Encuentro, Madrid, 2000

VIÑA LISTE, J.M., Textos medievales de caballerías, Cátedra, Madrid, 1993 (p.612)

DOLZ I FERRER, E., “Siervo libre de amor” de Juan Rodríguez del Padrón: estudio y edición, 2004 (pp. 72, 74)

SEATTLE, Carta del  Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos, en URL=< http://www.ciudadseva.com/ >, consultada 22.03.2014.

FRANCIS, Mass for the inauguration of the Pontificate, 16 March 2013

[1] […] Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja. […]