«El hombre invisible»: el acosador fantasma

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En el libro II de La República, Platón presentó el mito del anillo de Giges, un objeto mágico capaz de otorgar la invisibilidad a su portador. Con ello pretendía reflexionar sobre cómo las personas, en el momento en que dejan de ser vigiladas, cometen injusticias. La idea ha servido de inspiración a numerosas obras posteriores como El Señor de los Anillos o el caso que nos ocupa.

La novela del británico H. G. Welles, maestro fundador de la ciencia ficción junto con Julio Verne en el siglo XIX, ha conocido diversas e interesantes relecturas cinematográficas entre las que merecería la pena destacar aquella de 1933 dirigida por James Whale y protagonizada por Claude Rains; la de Paul Verhoeven, El hombre sin sombra (2000) y la cinta de Leigh Whannell que comentaré a continuación.
Elisabeth Moss cuelga la cofia de criada para encarnar a Cecilia, una mujer víctima de la violencia de género que una noche decide abandonar a su esposo, Adrian (Oliver Jackson-Cohen). Meses después, recibe la noticia de que este se ha suicidado, pasando a ser la única heredera de la fortuna con una sola condición: que no la declaren incapacitada mental. Poco a poco, Cecilia empezará a sentir la presencia amenazante e invisible de Adrian, llegando a ponerse en tela de juicio su cordura y credibilidad de víctima, tema este que ya ha sido abordado en Luz que agoniza (1944) de George Cukor o en la serie de Netflix, Creedme, basada a su vez en un caso real de violación en el que la víctima fue acusada injustamente de haberse inventado la agresión.

De forma parecida a lo que ya han hecho otras ficciones como Sola en la oscuridad (1967), Los ojos de Julia (2010), La víctima perfecta (2011), Mientras duermes (2011), Hush (2016) o la serie You (2018), la película de Whannell nos sumerge en la vulnerabilidad e impotencia de una mujer que es acechada por un acosador (stalker) invisible. Lo que podría verse inicialmente como una estampa gratuita de violencia contra el sexo femenino termina siendo un alegato contra esa lacra que, por desgracia, sigue encabezando los titulares de algunas noticias, un cine social surgido con el propósito de concienciar sobre un tema aún vigente y cuyos precedentes más claros serían Nunca más (2002) de Michael Apted y, en nuestro país, el desgarrador relato de Te doy mis ojos (2003) de Icíar Bollaín.

La ficción de Whannell entroncaría además con un grupo de películas como Alien: el octavo pasajero (1979); La extraña que hay en ti (2007); Maléfica (2014); Tres anuncios a las afueras (2017); La noche de Halloween (2018); Terminator: destino oscuro (2019); Underwater (2020) o Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn) (2020), trabajos muy diferentes unos de otros, como es evidente, pero que comparten un clarísimo mensaje de empoderamiento femenino. En todos ellos, las mujeres pasan de ser meras víctimas indefensas de asesinos, acosadores y villanos despiadados a defensoras y valedoras de su propio destino que deciden tomarse la justicia por su mano. Ya no necesitan a un hombre que las rescate ni a ningún «héroe mesiánico» que las libere o que se sacrifique sino que ellas mismas se convierten en (anti)heroínas capaces de acometer cualquier peligro.
En un género como el del terror (concretamente en el slasher),  paradigma de ese uso reiterado del tópico de la mujer (scream queen) como ser pasivo que huía de su asaltante lanzando gritos, resulta relevante esa vuelta de tuerca que ha proliferado en las últimas décadas. Dos de los casos más significativos serían las ya citadas La noche de Halloween y Terminator: destino oscuro, secuelas directas de sus respectivos clásicos originales, donde sus protagonistas, heroínas ya maduras, se alejan de sus versiones juveniles de víctimas, sirviendo como claro ejemplo de ese necesario cambio de mentalidad que  ha experimentando la sociedad a raíz de la influencia de las corrientes feministas, aunque podrían rastrearse ejemplos de este tipo de heroínas en el campo de la literatura cuando no existía todavía una conciencia clara de lo que implicaba ser feminista. Así, en su conocido drama Fuenteovejuna (1619), Lope de Vega convirtió a Laurencia, víctima de los desmanes del comendador, en una mujer fuerte que no duda en acusar a su agresor.

Tanto Laurie Strode (Jamie Lee Curtis) como Sarah Connor (Linda Hamilton) han pasado de ser víctimas que huían a mujeres capaces de empuñar un arma de fuego para defenderse, de donde se extrae además una lectura a favor de la tenencia de armas, controvertida cuestión esta que sigue preocupando a la sociedad norteamericana. En ambas ficciones se produce una clara inversión de roles: el cazador se convierte en presa de su víctima.

En el caso de El hombre invisible, la primera mitad de metraje se mueve dentro de los esquemas tradicionales del thriller psicológico hasta desembocar en un segundo acto repleto de acción. Quizá sea en la primera mitad donde resida el mayor acierto de la película al basar esta toda la tensión en la sugerencia, de manera similar a lo que ya hizo en su momento Spielberg en Tiburón (1975), donde el espectador no conseguía ver al escualo hasta la segunda mitad de la trama. Al final, no es tanto lo que se ve sino lo que se cree que pueda haber, esa amenaza invisible y terrorífica que termina actuando como metáfora «real» de las secuelas que podría arrastrar una víctima de violencia de género o de cualquier otro tipo de experiencia traumática, temática que fue retratada magistralmente por Sean Durkin en Martha Marcy May Marlene (2011), cinta que seguía los pasos de una chica que había decidido salirse de una secta.

Como decía, la película cumple con creces su objetivo de tener al espectador con el corazón en un puño.

La educación sentimental o por qué mendigar afecto es una mierda

La educación sentimental es dolorosa a la par que necesaria. Qué hermoso es el amor correspondido y qué triste cuando el sentimiento no es recíproco.

En este soneto de certeras palabras, la revolucionaria monja y poetisa mexicana del siglo XVII, Sor Juana Inés de la Cruz, supo expresar la falta de correspondencia que se produce a veces.

Me vienen ahora a la memoria dos casos de ficciones en las que los personajes pretenden negar el amor. Uno es el de Olvidado rey Gudú (1996) de Ana María Matute, novela a la que ya me referí en el artículo El triste olvido de los espacios abandonados. En esta obra de fantasía épica, el personaje de Ardid, para evitar que su hijo Gudú manifieste cualquier signo de debilidad, decide, con la ayuda de un hechicero, extirpar la capacidad amatoria del niño. El otro caso es el de la obra teatral La ternura (2018) de Alfredo Sanzol, que cuenta las andanzas de tres mujeres de la corte de Felipe II que se trasladan a una isla desierta ante los continuos desengaños que han sufrido con los hombres. En el devenir de la historia se encontrarán con que la isla está habitada por tres leñadores, lo cual desencadenará todo el enredo. Los personajes de los textos que traigo a colación, ante la evidencia de que el amor puede ser algo placentero, pero también sumamente doloroso, optan por rechazarlo, resultando su decisión tan absurda como la de quien se empeñase en negar que tiene corazón o en sostener que la Tierra es plana.

No obstante, cuando uno ha padecido los «tormentos» amorosos, se llega a preguntar si no sería más fácil todo de no tener esa capacidad, pero, también, qué gris y aburrida se volvería la existencia, ¿verdad?

La no correspondencia, descubrir que amar no significa ser amado y que, por mucho que se insista, la realidad seguirá su curso de manera imperturbable, esa, sin lugar a dudas, debería ser una de las primeras lecciones vitales. No importa lo mucho que desees a alguien. Nadie te garantiza que te vaya a mirar como tú le miras… Con el tiempo asimilas que el silencio también es una respuesta, a menudo tan reveladora como un conjunto de frases vacías. Pero, sobre todo, descubres, si la educación ha sido efectiva, que, solo queriéndote un poco y sintiéndote realizado en otras áreas (como la profesional y la económica (ya sé que el dinero no lo es todo, pero algo ayuda, no nos engañemos), lograrás no depender de la mudable y caprichosa opinión ajena. Porque eso de que se necesita a alguien que nos complete…un alma gemela, una media naranja…como quieras llamarlo…todo eso es muy bonito, lo reconozco (aún a día de hoy me debato entre aceptarlo o no), pero, sinceramente, pienso que es una trola…un engañabobos que nos debilita…al igual que la idea de que hay que casarse y tener hijos para alcanzar la «verdadera» plenitud, como si hubiese una única manera, aunque eso es un tema que daría para otro artículo. A lo que voy: uno ya tiene que llegar completo al inicio de una relación pues esta debería ser de complementación de un miembro con respecto a otro. En el recomendable y multipremiado corto de animación, The gift (2013), del chileno Julio Pot, sobre cómo funciona el amor, el protagonista le entrega todo su corazón a su pareja y cuando rompen, se queda devastado. Pasa el tiempo y una nueva persona irrumpe en su vida. Sin embargo, esta es razonadamente precavida, optando por dividir su corazón y compartirlo, reservándose una parte para ella. Puede que haya quien no esté de acuerdo con este comportamiento por considerar que no se está apostando por esa relación ya desde el comienzo, que es cuando se supone que se está más enamorado… Sin embargo, la experiencia me dice que es fundamental conservar una parte de amor propio en cualquier tipo de relación, pues si no te amas a ti mismo, ¿cómo vas a ser capaz entregar cariño a otra persona?

De igual manera, cuando uno está desesperado, sentimental y sexualmente hablando, tiende a conformarse con cualquiera que le lanza un piropo o que alaba algún rasgo, bien sea físico o de personalidad. «¡Qué ojos más bonitos!» «¡Me encanta como hablas!» «¡Eres la persona más inteligente que conozco!» Caes como un pazguato ante las aduladoras palabras. Es como cuando estás hambriento y acudes a un supermercado (con dinero, se entiende): te terminas llevando cualquier cosa. No quiere esto decir que las personas con las que haya estado sean fruto de mi desesperación. Algunas sé que no. De hecho me niego a considerar a la gente como objetos de usar y tirar, pese a que este comportamiento esté bastante generalizado (más de lo que nos creemos) en la insaciablemente consumista sociedad de la inmediatez en la que nos hallamos inmersos. Por eso sufro bastante después de cualquier relación. Realmente no he tenido ninguna todavía y, al paso que voy, dudo que se produzca tan ansiado acontecimiento. Soy algo raro e independiente, lo reconozco. No me gusta el vicentismo…eso de donde va Vicente va la gente… Y, al final, esta actitud me ha conducido a permanecer solo en gran número de ocasiones. Lo que empezó como una especie de impuesta soledad me ha permitido refugiarme en mi propio mundo y en el de las imágenes proyectadas en una oscura sala de cine impregnada de olor a palomitas mezclado con ambientador. Mentiría si dijera que no eché en falta alguna llamada «amiga» de «¿Te apetece quedar?» Normalmente he salido con compañeros (me considero, en verdad, una persona bastante extrovertida), pero, por unos motivos u otros, nunca he quedado con la frecuencia que hubiese deseado. Y al ver por la calle a grupos de amigos ya consolidados se despertaba en mí una cierta envidia. Aún así, el tiempo me ha enseñado que no existe peor soledad que la de una necia compañía.  Estar con alguien no implica sentirse acompañado. Incluso con algún rollete esporádico (detesto el término, pero sé que así se me entiende mejor), he sufrido (mea culpa), porque tiendo a interiorizar los rasgos y detalles particulares de esa persona. Su voz, su manera de hablar o de reír, su forma de mirar, su historia personal… Esto me ha sucedido solo en contadas ocasiones. Quién me lo iba a decir. Parezco un coach emocional o asesor sentimental y, en el fondo, sé que soy el menos indicado porque luego soy el primero en no seguir mis propios consejos.

En el transcurso de la educación sentimental aprendes la regla del verde. ¿Y qué narices es eso? te estarás preguntando. Es fácil. Te lo explico. En la era de las nuevas tecnologías, la regla del verde significa básicamente que si en un mensaje de whatsapp hay mucho más verde que blanco, aclarando que verde son los mensajes que escribes y blanco, los que recibes…a lo que voy…si hay más verde que blanco, algo está fallando. Escribes frases y lo único que recibes son monosílabos que llegan al cabo de un día o dos…o tal vez nunca, y tú lo justificas pensando que la otra persona está ocupadísima… Pero en el fondo sabes que, por su parte, quitando que pueda ser orgullosa o ultratímida, que también puede suceder, pero por regla general no es así, eso significa que la persona de la que nos hemos pillado hasta las trancas, pasa de nosotros como de comer mierda. O expresado finamente con un eufemismo: no hay feedback. Es como hablar con la sombra de una ilusión, un amor inventado, un fantasma imaginario (recuérdese el análisis que hice de La invención de Morel). Y mientras no lo aceptes y continúes proyectando en tu acalorada imaginación historias ultrarománticas y empalagosas que nunca sucederán (porque verdaderamente hay veces que uno se llega a montar unas películas que ni Titanic), más te conviertes en un mendigo de afecto…hasta que, con suerte, el tiempo te hace despertar del letargo. Te percatas de que has estado completamente agilipollado, como un pececillo dirigiendo bocanadas al aire. Pero bueno, a lo hecho pecho. No es plan de lamentarse ni estarse dando golpes de por vida en un rincón apartado como un Werther patético y melodramático.

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Somos únicos e irrepetibles, pero no imprescindibles. Tenlo siempre presente. Al final recuperas tu amor propio y vuelves a la realidad (pensándolo bien nunca te fuiste) y, si la otra persona se aprovechó de tu estado de estupidez para jugar con tus sentimientos (que es probable), con educación (eso siempre), la mandas a tomar por saco… La principal enseñanza de la educación sentimental debería ser esta: el afecto, igual que la amistad, ni se mendiga ni se suplica. Si te lo dan, genial y si no, tampoco pasa nada. De acuerdo, ya sé que todos ansiamos ser amados (y quien diga lo contrario miente como un bellaco. Parece mentira que durante un tiempo me jactase de tener vocación de soltero. Ahora me debo tragar mis propias palabras), pero el amor ha de fluir de manera natural y sin forzar ni planificar en exceso…ni tampoco escribir un poema de amor en la segunda cita, porque asustas a la persona y esta se pregunta: «Si ahora hace esto, ¿qué hará la próxima vez que nos veamos? ¿Pedirme matrimonio?» Se alejan de nosotros, claro, y con razón. Afortunadamente se aprende con el tiempo a serenar esa pasión e impulsividad propias, aunque no exclusivas, de la adolescencia. De hecho, siento que a mis veinticinco años estoy experimentando, pese a que pueda sonar a chiste, una segunda pubertad. Tengo las hormonas más aceleradas que nunca y eso, unido a mi espíritu romántico del XIX (que, aunque para inspirarse está genial, en realidad, es un auténtico rollo) me ha llevado, en cierta ocasión, en algún momento de descuido, a que se me escape un «Te quiero mucho.» Lo mejor es cuando te responde «Y yo también», pero ¿y cuando surge el conocido como silencio incómodo? Puff. Eso es lo peor. Entonces sí que estás perdido. Puedes dar por hecho que esa será la última cita que tendrás con esa persona en esta vida. En cualquier caso, procura no obsesionarte ni lamentarte demasiado. Las relaciones son complicadas, o seguramente las complicamos nosotros con tonterías e ideas preconcebidas que nos han inculcado repetidas veces en el cine y la literatura. En fin, piensa que si alguien no ha sido capaz de valorar lo bueno que hay en ti (porque estoy convencido de que todos y todas tenemos algo bueno)… Lo dicho, que siempre estoy con paréntesis y no termino nunca, si alguien no ha sido capaz de contemplar lo bueno que hay en ti, no se lo tengas en cuenta: no ha sido capaz de verlo y punto. En definitiva, se trata de algo muy sencillo, pero que nos cuesta llevar a la práctica: se trata de estar con personas que te enriquezcan en lo personal y que te sepan valorar…que saquen lo mejor que llevas dentro…que te hagan ser tu mejor versión… Total, nada… Y bueno, sacar tú lo mejor de ellas y no estar con gilipollas que reman en dirección opuesta a la tuya y hacen que un día te acabes preguntando: ¿Esta es la persona que quería ser? Entonces descubres que  la respuesta depende solamente de ti…aunque, haciendo memoria, una vez dije que somos fruto de las decisiones que tomamos, pero también de las que otros tomaron. A estas alturas ya no sé que creer. El texto que acabas de leer (o escuchar) puede parecer caótico…y seguramente lo sea, pero necesitaba expresar lo que pienso sobre las relaciones sentimentales en esta etapa en la que me encuentro. ¿Qué opinas tú sobre el amor? ¿Has mendigado afecto alguna vez? ¿Te lo han mendigado a ti?