Españoleemos se despide con teatro por tercer año consecutivo

Fue en 2018 cuando un grupo de (ex)alumnos de la Facultad de Letras de la UCLM decidió tomar la iniciativa para organizar la Semana de las Letras, EspañoLeemos. Hoy concluyen estas terceras jornadas con dos espectáculos que han estado a la altura del resto de actividades programadas como los coloquios/conferencias de Rosa Navarro Durán y Luis Alberto de Cuenca; el taller de teatro impartido por el actor Daniel Migueláñez; la proyección de Calle Mayor (1956) de Juan Antonio Bardem y la presentación del tercer número del magazín de literatura y otras artes El Mentidero.

Como decía, el final de estas jornadas ha venido marcado por dos representaciones teatrales. Esta mañana, los miembros de la Asociación de Estudiantes de Español (AEEUCLM) pusieron sobre las tablas en el Aula Magna de la Facultad de Letras una adaptación de Historia de una escalera (1949) de Antonio Buero Vallejo, autor a quien han ido dedicados estos días. Pese a tratarse de actores amateurs, es digno de aplaudir su esfuerzo y las ganas que han puesto cada uno de ellos en una representación donde hemos podido revivir el amor imposible entre Carmina y Fernando que ven con cierta resignación cómo sus sueños van siendo sepultados por la sórdida realidad de una España todavía herida por los estragos de la guerra civil. El entusiasmo y buen quehacer de sus actores se ha contagiado a un público entregado que ha estallado en una gran y emocionante ovación.

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Por la tarde nos hemos trasladado a 1597 con el espectáculo escrito y dirigido por Alberto Herreros, Cervantes en la (i)real academia de la cárcel de la compañía Pánico Escénico Producciones. La obra, que comenzó su andadura por el año 2016 con motivo del IV Centenario de la muerte del autor como ha explicado el profesor Rafael González Cañal al presentarlos, recrea el imaginario encuentro entre dos de los grandes genios que nos ha dado la literatura, Shakespeare y Cervantes, precisamente cuando este último se encontraba prisionero en la Real Cárcel de Sevilla por haber robado los impuestos que recaudaba. A medida que avanza la historia, el espectador va descubriendo el proceso de gestación del libro que habría de marcar el inicio de la novela moderna.

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Era la primera vez que acudía a estas jornadas y no puedo hacer otra cosa que reconocer el mérito de todos y cada uno de los que han estado ahí trabajando para hacerlas posibles. No me cabe duda de que los viejos alumnos sabrán transmitir su legado a los nuevos estudiantes que vayan llegando.

 

Teatro comprometido y entretenido

Hoy os traigo la primera parte de un fin de semana rico en cultura y reflexiones. Este post tiene que ver con la crítica teatral de dos propuestas inmejorables que combinan entretenimiento y compromiso social.

Solitudes: la soledad en la tercera edad

El viernes pude disfrutar en el Teatro Quijano de Ciudad Real de Solitudes, pieza de máscaras dirigida por Iñaki Rikarte que se alzó en 2018 con el Premio Max a mejor espectáculo de teatro. La obra se sirve del drama y el humor para ahondar en esa soledad a la que a menudo se condena a nuestros mayores cuando dejan de ser útiles, recordando por momentos a la novela gráfica Arrugas de Paco Roca (2007) que fue llevada al cine en 2011 por Ignacio Ferreras. Dentro del aislamiento que vive el protagonista a raíz de la muerte de su esposa, los recuerdos que conserva junto a ella se convierten en su particular y única forma de evasión. El anciano contará además con las visitas de su hijo y de su pasota nieta adolescente. Sin embargo, la incomunicación que hay entre ellos le llevará  buscar la amistad en una mosca que revolotea en la cocina o en una aspirante a prostituta que vive sometida por un chulo despiadado. El espectáculo prescinde de cualquier palabra y basa toda su potencia en el lenguaje no verbal, fundamentalmente en la música, las coreografías y la expresividad de las geniales máscaras diseñadas por Garbiñe Insausti.

#Malditos 16: la adolescencia herida


Por otro lado, el sábado tuve la doble suerte de asistir a la representación de #Malditos 16 de Coart+e Producciones dirigida por Quino Falero a partir del texto de Nando López y al posterior coloquio con el autor y los actores en el Teatro Galileo de Madrid.

Con un planteamiento que podría remitirnos a El club de los cinco (1985) de John Hughes, el drama de Nando aborda un tema delicado a la par que silenciado como el suicidio adolescente, que, no hay que olvidar, sigue siendo la segunda causa de muerte en personas con edades comprendidas entre los 15 y los 29 años según los datos proporcionados por la OMS. Partiendo de una minuciosa documentación (a base de entrevistas a supervivientes, familiares de las víctimas, psicólogos y psiquiatras), la pieza contiene elementos que la acercan a la ficción documental, técnica empleada en el montaje que vi hace unos meses de Jauría, la premiada obra con texto de Jordi Casanovas dirigida por Miguel del Arco, que reconstruye el mediático caso de la Manada a partir de la sentencia judicial y la transcripción de los testimonios obtenidos de la víctima y los acusados.

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Volviendo con #Malditos 16, la historia nos sirve para conocer el drama de Ali (Andrea Dueso), Dylan (Juan de Vera), Naima (Paula Muñoz) y Rober (Guillermo de los Santos), cuatro jóvenes que intentaron suicidarse. La obra se inicia cuando el equipo médico del hospital donde permanecieron ingresados, formado por Sergio (David Tortosa) y Violeta (Rocío Vidal), les ofrece participar en un taller para ayudar a adolescentes en su misma situación, lo cual les llevará a reabrir heridas y a reencontrarse con todos esos fantasmas del pasado que creían olvidados. El texto pretende evidenciar además un problema en absoluto desdeñable como es la falta de recursos que sufren algunos centros educativos pues, como decía el propio autor durante su intervención, es inconcebible, por ejemplo, que haya un solo orientador para mil alumnos. 

Y, si hablamos de suicidio adolescente, no podemos evitar enlazar con Por trece razones. Sin embargo, en palabras de Nando, lo que más diferencia su propuesta de la popular serie de Netflix es que en su obra nunca se llega a exhibir la violencia de forma explícita y, lo que es más importante, no se presenta el suicidio como una victoria sobre los agresores. En este sentido, el principal riesgo que corre la ficción creada por Brian Yorkey radica en mostrarnos a la víctima interactuando con el protagonista incluso cuando ella ya ha fallecido, lo cual puede llevar a una «idealización» de esa conducta por parte de algunos adolescentes, pero la triste realidad es que aquel que cumple su propósito no vuelve para contarlo. El suicidio no es un acto valiente o cobarde; es simplemente un acto multicausal, aclaró el escritor.

Ante realidades dolorosas como la depresión, el suicidio, el racismo, la homofobia, la transfobia, etc., la solución no consiste en ocultarlas o negarlas sino en abordarlas de frente para tomar conciencia de ellas y poder prevenirlas buscando soluciones constructivas al respecto. En una era digital de seres perfectos que vive a golpe de like, donde ir al psicólogo poco a poco deja de estar cada vez menos estigmatizado, la sociedad necesita más propuestas valientes como estas.

Aunque las dos obras que os he traído sean bastante diferentes tanto en apuesta formal como en contenido, ambas coinciden en ese compromiso social con los más vulnerables. Y es que la buena literatura, lejos de ser un panfleto, combina entretenimiento y reflexión.

«El castigo sin venganza»: cuando el honor está por encima del amor

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En fin, señora, me veo
sin mí, sin vos y sin Dios:
sin Dios, por lo que os deseo;
sin mí, porque estoy sin vos;
sin vos, porque no os poseo.

Con esta hermosa y brillante quintilla, un acongojado Federico inicia su discurso para confesarle a Casandra, su madrastra, que no puede reprimir por más tiempo el amor pecaminoso que siente por ella.

El castigo sin venganza (1631) es una de las obras más geniales de Lope de Vega que descubrí en la carrera de la mano de uno de los grandes expertos en literatura española del Barroco, el profesor Felipe B. Pedraza. Estrenada cuatro años antes de su muerte, un Fénix septuagenario que se había ordenado sacerdote, vivía en pecado con una mujer casada, Marta de Nevares (conocida como Amarilis y Marcia Leonarda en algunos de sus escritos) en la casa que actualmente se puede visitar, caprichos del destino, en la madrileña calle de Cervantes. Otro día os contaré la incesante e interesante vida sentimental de Lope (para conocer mejor y desentrañar el sentido de su obra, por supuesto) y otros cotilleos de la época. Pero hoy toca hablar de El castigo sin venganza, una historia de amor apasionante, un amor imposible abocado a la desgracia que poco o nada tiene que envidiarle a Romeo y Julieta (1595) de W. Shakespeare u otras grandes tragedias de fama internacional. Recuerdo que en el verano de aquel mismo año en que  la estudié pude disfrutar de una hermosa representación de la Fundación Siglo de Oro (Rakatá). Cinco años después, he asistido al montaje dirigido por Helena Pimenta para la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Destacan en esta representación las potentes interpretaciones, no solamente del trío protagonista (Rafa Castejón (Federico), Beatriz Argüello (Casandra) y Joaquín Notario (Duque de Ferrara)) sino del resto del reparto (Nuria Gallardo, Lola Baldrich, Carlos Chamarro, Javier Collado Goyanes, Alejandro Pau y Fernando Trujillo) además de una minimalista y cuidada escenografía, encontrando reminiscencias del Trono de Hierro de la popular saga fantástica en el asiento de barbero que ocupa el Duque, encarnación del poder absoluto y la autoridad, figura que también recuerda a El Padrino de Coppola. En definitiva, un buenísimo y acertado montaje de una de las grandes piezas de nuestra literatura.

«El coronel no tiene quien le escriba»: hambre y miseria en una espera indefinida

 

El cineasta Carlos Saura es el encargado de trasladar a las tablas la novela corta del Premio Nobel, Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba (1961) en una adaptación donde Imanol Arias y Cristina de Inza dan vida a los protagonistas del relato: el coronel jubilado y su esposa, respectivamente. Al asiduo lector de Gabo (nombre con el que era apodado el colombiano) no le será difícil identificar algunos de los temas más frecuentes en su particular universo como son la soledad, el inexorable paso del tiempo, el olvido y las consecuencias de la guerra. Ambientada en Macondo, epicentro de la trama de Cien años de soledad, la obra presenta el drama de un anciano coronel que malvive con su esposa confiando en la llegada de una carta de pensión que nadie le envía. La miseria y el hambre se adueñan poco a poco del escenario, respirándose en los diálogos que sostienen los personajes y en la desnudez de un escenario salpicado con los elementos justos: la cama, la mesa, la mecedora y el gallo del cual esperan los protagonistas obtener algo de dinero para solucionar su penosa situación, un gallo que inevitablemente nos trae a la memoria aquella revisión del clásico cuento La lechera que hizo John Steinbeck en su relato La perla. Recuérdese que en ella teníamos la triste historia de Kino, un pescador que aspiraba a salir de la pobreza con la ayuda de una perla que encontró en una ostra de mar. García Márquez se erige en esta obra como la voz de aquellas personas olvidadas que dieron todo por su país, pero que nunca fueron recompensadas por ello. Dicha temática, que ya ha sido abordada en cine, deja entrever un mensaje antibelicista. Ahí tenemos Los mejores años de nuestra vida (1946) de William Wyler, donde se habla de la marginación que sufrieron los combatientes de la Segunda Guerra Mundial cuando regresaron a su país, o Nacido el 4 de julio (1989), del polémico Oliver Stone, aquella película con la que Tom Cruise nos regaló una de sus mejores interpretaciones en el papel de un mutilado veterano de la Guerra de Vietnam.

 

Como en La trinchera infinita, en El coronel no tiene quien le escriba asistimos al drama de un matrimonio, víctima de una crisis ocasionada por una absurda guerra civil. El devenir de un tiempo que no parece ofrecer tregua a las penurias se convierte en un personaje invisible que deambula al lado de los protagonistas hasta terminar asfixiándolos.

Cinco horas con Pennywise

 

 

Con el tiempo recordaré con cierto orgullo y algo de nostalgia haber sido uno de los afortunados que pudieron ver en pantalla grande los dos capítulos seguidos de It de Andy Muschietti, sin duda la mejor manera de disfrutarlos plenamente pues ambas partes funcionan como un díptico perfecto en el que una da sentido a la otra y viceversa (de hecho, la intención de su director es fusionarlas en un futuro añadiendo alguna escena que se quedó en la sala de montaje). Como ya hice la crítica de la primera parte en su momento, en esta entrada me centraré en la segunda. Empezaré diciendo que, contradiciendo a lo que dicen bastantes de los comentarios que he leído por ahí, este segundo capítulo consigue solventar algunos de los defectos que le achaqué a su predecesora, logrando superarla y resultando mejor en varios aspectos: en este caso las entradas del payaso están más equilibradas con las secuencias de «tranquilidad» y de diálogo. Otra de las cosas que se agradecen (y que ya estaba en la primera película) es la fidelidad con respecto al material original narrado en la novela, incluso con aquellos episodios que pudieran resultar más crudos. Especial atención merece la aparición inicial del actor/director de cine Xavier Dolan (apodado por algunos como el enfant terrible o el Pedro Almodóvar francés que dirigió el videoclip Hello (2015) de Adele), interpretando a Adrian Mellon, una de las víctimas homosexuales de Pennywise, en una escena tan desagradable como pude imaginarla cuando leí el libro (y que se omitió, por cierto, en la versión de los 90).

 

El momento no ha estado exento de polémica llevando a aseverar a algunos que Stephen King es homófobo. Sin embargo, su intención, al igual que la de Muschietti, no fue otra que la de denunciar el odio y la violencia. Y es que, la agresión descrita en la novela se basa en un episodio real acontecido por desgracia en Maine en 1984: tres menores agredieron a un gay (Charlie Howard) al que arrojaron por un puente provocando su ahogamiento.

Además de todo lo mencionado hasta ahora, uno de los puntos fuertes de la película es la elección del reparto para dar vida al Club de los Perdedores cuando son adultos ya que guardan un más que indudable parecido con el elenco adolescente: Jessica Chastain (Beverly), James McAvoy (Bill), James Ransone (Eddie), Andy Bean (Stanley), Isaiah Mustafa (Mike), Bill Hader (Richie) y Jay Ryan (Ben).

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Para todo aquel que se muestre reticente a la hora de acercarse a esta ficción por considerarla como otra historia de terror, le persuadiré diciendo que es eso, sí, pero es mucho más.

Derry, ese pueblo estadounidense de Maine inventado por la vasta genialidad de Stephen King en 1986, constituye un microcosmos, similar a otros escenarios como la Vetusta de La Regenta, el Macondo de Cien años de soledad, la Comala de Pedro Páramo, el condado de Yoknapatawpha de algunas de las novelas de William Faulkner, el Elizondo de la Trilogía del Baztán, la Vitoria de la Trilogía de la Ciudad Blanca o Hawkins, de la existosa Stranger things, una serie en la que sus creadores, los hermanos Duffer, se han encargado de reconocer la influencia directa de la extensa novela del maestro del terror contemporáneo. Como decía, a ese microcosmos habrán de regresar 27 años después los miembros del Club de los Perdedores para enfrentarse de nuevo y por última vez a todos esos miedos y traumas que creían olvidados. Derry es ese espacio de la infancia y la amistad observado con nostalgia, pero, al mismo tiempo, es ese lugar donde aflora lo peor del ser humano, materializado a través de la figura diabólica de Pennywise, el extraterrestre que, como si de la criatura boggart del mágico mundo de Harry Potter se tratase, adopta la forma de tus temores más recónditos. En Derry encontramos racismo, abusos, sentimiento de culpabilidad, homofobia, machismo… En una sociedad que ha crecido con la violencia expuesta en  las pantallas, puede que It solo sea un título más en ese tornado de imágenes sangrientas. Sin embargo, diré que aquí la violencia cobra pleno sentido para reflejar ese lado más oscuro del hombre. En definitiva, un merecido y muy emocionante cierre a la adaptación de uno de uno de los mejores libros del siglo XX que, he de confesarlo, me hizo derramar alguna lagrimita al final, y eso, sinceramente, no me lo provoca cualquier película. Una historia sobre el poder de la amistad y la imaginación para vencer nuestros miedos porque, aunque los adultos nos empeñemos muchas veces en olvidar a ese Principito del que hablaba Saint-Exupéry o James M. Barrie en Peter Pan, es en el reino de la infancia donde residen muchas de las respuestas a los problemas que nos asolan cuando somos adultos.

 

«La vuelta de Nora» o la pervivencia del machismo

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La vuelta de Nora, escrita en 2017 por Lucas Hnath y dirigida por Andrés Lima, constituye la segunda parte del clásico de Henrik Ibsen, Casa de muñecas (1879). Quince años han transcurrido desde que Nora abandonase a su marido y a sus hijos para abrirse camino en un mundo de hombres. Quince años tras los cuales se ve obigada a ajustar cuentas con ese pasado que dejó atrás. Quince años en los que todo y nada han cambiado. La asfixia que sufre la protagonista, magistral Aitana Sánchez Gijón, se palpa en cada uno de sus diálogos, pero también a través de un habitáculo comprimido, aparentemente perfecto pues a medida que avanza la acción se descubren los entresijos y los rincones más oscuros de esa decimonónica y opresiva casa de muñecas, demasiado preocupada por guardar las apariencias de cara a la galería ante el temor al qué dirán…el mismo temor que padecía Carmen Sotillo/Lola Herrera en Cinco horas con Mario. Sin embargo, mientras que el personaje de Delibes optaba por la senda de la abnegación y la frustración (tampoco se le puede reprochar ya que, en el fondo, no dejaba de ser una víctima más de un sistema que ninguneaba a las mujeres y, concretamente, a un cierto tipo de ellas), Nora elegirá la difícil y tortuosa vía de la confrontación con una situación con la que no está de acuerdo en absoluto. La hipocresía social y el machismo serán los verdugos invisibles a los que la heroína habrá de enfrentarse una última vez. A lo largo de la obra, un anacronismo resulta relevante (aparte de la música): el vestuario de Emmy, la hija de Nora, interpretada por una brillantísima y talentosa Elena Rivera (a la que muchos de nosotros conocemos por haber dado vida a Karina en la longeva Cuéntame como pasó). La ropa que porta el personaje es actual precisamente para que el espectador de hoy se sienta interpelado y se percate de que las generaciones jóvenes pueden llegar a repetir los mismos patrones de conducta machista del pasado.

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Mi más sincera enhorabuena al resto del reparto (Roberto Enríquez y María Isabel Díaz Lago). Enhorabuena a tod@s por habernos hecho disfrutar, pero, sobre todo, por hacernos reflexionar. ¡Gracias!

El poder de la imaginación

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La imaginación es un caballo desbocado que ansía libertad. Resulta absurdo querer poner límites y fronteras al espíritu creador. Sería como pretender contener el universo dentro de una jaula de cristal. Cuanto mayor sea nuestra imaginación, mayores serán nuestros sueños e ideales a los que poder aferrarnos cuando todo se oscurezca, porque en el transcurso de nuestras vidas habremos de atravesar momentos de oscuridad, eso sin duda. Tener ilusión se traduce en tener pensamiento crítico  y no aceptar la realidad tal y como es sino imaginarla de la mejor manera que podría existir. Al fin y al cabo eso debería ser el motor principal del ser humano, ¿no?: un horizonte lejano de mejora y superación personal. Por esa razón, a lo largo de la historia han sido numerosos los sistemas totalitarios que han decidido erradicar (con escaso éxito) la imaginación temiendo que sus ciudadanos se cuestionasen la realidad. Y, ante esto, uno puede preguntarse: ¿Cómo se suprime esta poderosa facultad? ¿Es posible acaso su eliminación? La respuesta es, afortunadamente, negativa. Sin embargo, existen muchas y diversas maneras de atenuar la capacidad creadora y de conocimiento. Por ejemplo mediante la censura y la quema de libros, tal y como sucede en el capítulo del escrutinio de la biblioteca de Don Quijote; en la obra distópica Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury, que fue llevada al cine por François Truffaut en 1966, y que este año ha sido adaptada de nuevo por Ramin Barhani para la cadena HBO, por cierto, con bastantes malas críticas (en mi opinión algo injustificadas); o en La ladrona de libros (2005) de Markus Zusak, cuya acción se desarrolla en un pueblo alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Del mismo modo, y como curiosidad, recientemente descubrí la delirante trilogía de Imaginationland (2007) que integra la undécima temporada de la irreverente South Park (1997-) creada por Trey Parker y Matt Stone. En ella, los protagonistas han de enfrentarse a un grupo de terroristas que pretenden acabar con Imaginolandia, la tierra donde residen todas las criaturas inventadas por el ser humano: leprechauns, faunos, dragones, unicornios, Ronald McDonald, Rapunzel, etc. Otro caso igualmente llamativo es el de la obra teatral Crimen y telón (2017) de la compañía Ron Lalá. En esta brillante pieza, ambientada en un futuro distópico en el que el Glorioso Gobierno Global ha ilegalizado cualquier tipo de manifestación artística, el detective Noir, exversoadicto, debe investigar la muerte del Teatro. En cierto momento, el protagonista clama lo siguiente: «Las artes nos daban sentido. La Poesía nos hacía humanos.» El arte constituye, en definitiva, el recipiente y depositario de una parte esencial de nuestra humanidad, sin la cual estaríamos perdidos.  

Resulta de vital importancia mantener intactos nuestros sueños e ideales y no olvidarlos, pues tal y como le advierte el lobo Gmork a Bastián Baltasar Bux en la popular aunque mal envejecida adaptación cinematográfica que realizó Wolfan Petersen en los años 80 del clásico de Michael Ende, La historia interminable (1979): «[…] los hombres han empezado a perder sus esperanzas y a olvidar sus sueños. Por eso la Nada avanza cada día más.»

No quisiera concluir sin añadir algo que, aunque sé que puede sonar a topiquísimo manual de autoayuda, sinceramente, me es igual: Nunca dejes de imaginar. No importa que te llamen loco. Mejor ser un loco soñador que un loco abúlico y sin ilusión. Recuerda que sin esperanza perdemos nuestra esencia (como le sucedió a Alonso Quijano al final de sus días), hasta terminar convertidos en uno de esos gélidos ladrones del tiempo de los que hablaba Ende en Momo (1973), criaturas grises y anodinas, retratadas también por Kafka o Melville en alguno de sus relatos, historias cuyos protagonistas despertaron un  día de su letargo y decidieron plantarle cara al sistema burocrático (del que eran víctimas) con la intención de mejorarlo o, simplemente, de denunciarlo. Seamos, por tanto, un poco Don Quijotes, un poco señores Hulots (personaje del clásico Mi tío de Jacques Tati), un poco Bartlebys (protagonista del cuento homónimo de Melville que una mañana decide rebelarse eligiendo la inacción y la desobediencia como medida contra la absurda burocracia que rige el mundo) y no olvidemos nunca al Principito, al Peter Pan o a la Momo que residen en nuestro corazón, por mucho que la sociedad parezca empeñada en hacernos olvidarlos.  

«Todas las noches de un día» : el amor imaginario

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Hermosa representación de Todas las noches de un día, protagonizada por Carmelo Gómez y Ana Torrent. La pieza, creada por Alberto Conejero López y dirigida por Luis Luque Cabrera, trata sobre un amor no declarado y el recuerdo que suscita en la memoria. Un solitario invernadero es el escenario donde Samuel, un fiel y solitario jardinero, rememora su pasado junto a Silvia, la dueña de la casa donde trabaja, una mujer obsesionada con un amor imposible e incapaz de apreciar el amor que tiene a su lado. A veces tememos exteriorizar nuestros sentimientos (como le sucede a Samuel) y, al final, cuando ya es demasiado tarde, solo nos queda dialogar con el fantasma imaginario de la persona que dejamos escapar. Salvando las distancias, se podría establecer un nexo de unión entre esta obra y lo que le sucede a Gretta en el relato Los muertos de James Joyce, con el que finaliza Dublineses (1914).  La escucha de la canción The lass of Aughrim despierta en el personaje el recuerdo de un amor de juventud que murió en la flor de la vida. Ante el desarrollo de los acontecimientos de manera diferente a como imaginamos que llegarían a suceder, siempre queda la opción de fabular e inventar lo que pudo ser y no fue.