«Tenet»: cuando Bond y «Casablanca» conocieron los viajes en el tiempo

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«Segundas partes nunca fueron buenas» es una sentencia que no siempre se cumple. Y ahí está Christopher Nolan para demostrarlo como ya hizo en su Trilogía del Caballero Oscuro, donde reinventó en clave realista y trágico-existencialista al icónico personaje de DC, sentando las bases de su personal estilo (visual, sonoro y narrativo).
En Tenet, el británico se rodea de un atractivo elenco de estrellas para contar una historia «clásica» de espías salpicada de viajes en el tiempo.

En su trama de espionaje resulta inevitable no pensar en 007. Ahí está el agente protagonista (John David Washington, hijo de Denzel Washington) que debe poner sus habilidades al servicio de Priya (Dimple Kapadia), una especie de M, para enfrentarse a un malo malísimo (encarnado por un soberbio y aterrador Kenneth Branagh) y evitar así la Tercera Guerra Mundial. En su camino no estará solo y contará con la ayuda de otro agente llamado Neil (Robert Pattinson) y de Kat, una elegantísima Elisabeth Debicki como femme fatale, actriz a la que muchos de nosotros descubrimos en 2013 en la excelente, excesiva y deslumbrante El Gran Gatsby de Baz Luhrman. Hablaba de la creación de Ian Flemming como referencia incuestionable, pero tampoco sería descabellado mencionar Casablanca e incluso Gilda en cuanto al conflicto personal que vive el protagonista. Y es que, más allá de la guerra que se pretende evitar o de todas esas persecuciones que cortan el aliento, Tenet no deja de ser una historia de amor «imposible» regida por los códigos del cine negro, con todo lo que ello implica. Eso en cuanto a la acción de espías, aunque si hablamos de viajes y paradojas temporales, son innumerables los ejemplos que nos vienen a la cabeza: La jetée, Regreso al futuroTerminator, El efecto mariposa, 12 monos, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, Looper, Al filo del mañana, Los cronocrímenes o Durante la tormenta.

¿Quiere esto decir que Tenet carezca de originalidad? En absoluto, pero tampoco es la novedosa historia que nos han querido vender. Y, sin embargo, ¿qué es lo que hace que nos parezca que sí lo es y que esta cinta se sitúe entre los mejores trabajos de Nolan y, por qué no decirlo, entre los grandes estrenos de este año? De hecho, no podría haber sido mejor el regreso a los salas tras el cierre al que obligó la dichosa pandemia —también añadiré y contradiciendo a algunos de mis compañeros que tampoco he echado demasiado de menos el ir al cine (lo que más, el olor a palomitas mezclado con ambientador) pues el confinamiento me ha permitido descubrir algunos clásicos que tenía pendientes en esa vorágine de estrenos incesantes, sobre todo, en lo que a las grandes plataformas de streaming se refiere. Nada nuevo hay bajo el sol y lo que hace de Nolan un director que, pese a enmarcarse en el blockbuster más comercial, no pierde su sello característico (al igual que les sucede a Fincher, Spielberg o Snyder) se debe al hecho de revestir todas sus historias con una «trascendencia» grandilocuente que queda reflejada tanto en los diálogos (a veces no llegamos ni siquiera a comprender del todo aquello de lo que hablan los personajes) como en la espléndida fotografía y en la banda sonora. Lo que podría verse como una cierta pedantería y afectación de estilo, se le perdona a un creador que no renuncia (salvo en la sobrevalorada y lenta Dunkerque) a su objetivo de entretener (para mí el fundamental de cualquier película que se precie (pese a ciera clase de esnobismo que se encarga de percibir y denunciar el entretenimiento como algo que reduce la calidad de un libro o una película). Al final, Tenet termina siendo una montaña rusa de emociones que te mantienen pegado a la butaca desde el primero hasta el último fotograma.

Feliz día, mamá

A veces siento que solo cuando las personas se han marchado es cuando realmente reparamos en lo importantes que fueron para nosotros. Ojalá fuésemos más conscientes de ello. Ojalá hiciéramos una vez en la vida el ejercicio de escribir una carta a alguien a quien amamos de verdad como si fuera la última vez que nos dirigiésemos a él.

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Hoy ha sido el «Día de la Madre» y quiero decirte, mamá, que te quiero y que siempre te he querido aunque últimamente hayamos tenido nuestros más y nuestros menos, pero ¿qué madre y qué hijo no discuten? Hay algo más importante todavía y que no quisiera olvidarme de decirte en esta carta y es que sin ti hoy no estaría donde estoy y no sería como soy. Las mayores obviedades son verdades silenciadas y por eso quería decírtelo. Gracias por tantas cosas, pero sobre todo, por darme la vida.

Recuerdo alguna noche de mi infancia en que no podía conciliar el sueño por mi ansiedad y tú estabas ahí presente con alguna palabra, con algún silencio, sosteniéndome para que no me cayera en ese océano de miedos obsesivos. Recuerdo los sábados por la mañana cuando íbamos a comprar al supermercado y lo mucho que me gustaba recorrer los estantes de productos a tu lado. Recuerdo cuando nos paró aquel policía por ir en dirección prohibida y tú le dijiste que no nos podía multar porque era el día del amor fraterno. ¡El miedo que pasé entonces por imaginarnos en el calabozo aquel Jueves Santo y lo mucho que me río ahora al recordar ese episodio! Recuerdo los viajes por la carretera con papá, Luis y la abuela. Recuerdo nuestros paseos por aquel largo camino de tierra más allá del puente de hierro. Recuerdo tu miedo a que alguien me pudiera dañar algún día por decir ser cómo era y cómo aquel temor nos alejó durante un tiempo a pesar de seguir viviendo bajo el mismo techo. El tiempo revela las verdades tarde o temprano y el orgullo de ambos terminó cediendo ante el cariño. Recuerdo las anécdotas que me contabas de cuando ibas a la escuela, de cómo tuviste que empezar a trabajar desde bien joven junto a tus hermanos para poder ayudar en casa a la abuela.

Siempre has estado ahí, de una u otra manera. ¿Hemos discutido? Sí. ¿Nos hemos perdonado? También. ¿Hemos vuelto a discutir? ¡Pues claro que sí! ¿Nos hemos reído? Muchísimo. ¿Nos hemos querido? Infinito. Al final, ¿qué es la vida sino eso? ¿qué es una madre sino alguien que está ahí sin esperar recibir nada a cambio? Y tú lo has demostrado con creces, mamá, con tus virtudes y con tus defectos, pues no hay nadie perfecto, pero te quiero así como eres, con tus frases, con tus gestos, que también viven en mí. Por ello te digo, Feliz Día de la Madre.

«Fin de siglo»: breve encuentro en Barcelona

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Desde su preestreno mucho se había hablado de esta sencilla y perfecta pieza alabando su naturalidad y veracidad. Ayer pude por fin comprobarlo y he de decir que me encandiló profundamente desde el primero hasta el último de sus fotogramas. Fin de siglo sirve como una ventana de exploración a la forma en que discurren muchas vidas homosexuales hoy en día, desde las dudas iniciales hasta la plena aceptación de la orientación a lo largo de sus 84 minutos. La cinta de Lucio Castro posee elementos universales que permiten la inevitable identificación con alguno de sus dos protagonistas, pero sin renunciar por ello a contar de manera original una historia única donde seremos testigos de la hermosa relación entre Javi (Ramón Pujol) y Ocho (Juan Barberini), dos seres solitarios cuyas vidas parecen destinadas a cruzarse cada cierto tiempo en la monotonía de la ciudad de Barcelona.

Al igual que en Breve encuentro (1945) de David Lean, la trilogía Antes de… (1995-2004-2013) de Richard Linklater, En la cama (2005) de Matías Bize, Weekend (2011) de Andrew Haigh o Anomalisa (2015) de Charlie Kaufman y Duke Johnson, el romance deja paso a otros temas como las expectativas vitales y las decisiones que cuesta tomar por la falta de atrevimiento, todo ello con el trasfondo del inevitable devenir del tiempo, que transforma las vidas y las propias decisiones de los protagonistas y es que, al final, estas historias lanzan una pregunta incómoda a la que todos nosotros, homosexuales o heterosexuales, hemos tenido que enfrentarnos o habremos de hacerlo tarde o temprano: ¿la vida que llevo es la que realmente quiero? Y ante eso, la ficción nos ofrecen alternativas que comienzan por un osado ¿Y si…?

«Digimon» cumple 21 años

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Desde que el mundo cambió

estamos mucho más unidos,

con los digimons

luchamos juntos contra el mal.

¿Te suena de algo esta letra? Una de las series más míticas y queridas de mi infancia fue sin duda Digimon. Con una historia sobre un grupo de niños que terminaban en un mundo digital para protegerlo de las fuerzas del mal junto a sus compañeros digimon, el anime surgió en un contexto donde el impacto de Internet y las nuevas tecnologías comenzaba a ser cada más evidente. Su tema principal nos hablaba del poder de la amistad y tocaba otros como la redención, convirtiéndose en un referente indiscutible para muchos niños de finales de los 90, que descubrimos, casi por primera vez, que los malos también podían cambiar de bando. Si no, que se lo digan a Gatomon. He de reconocer que, aunque solo me enganché a las dos primeras temporadas, lo único que quería era salir del colegio para ver un nuevo capítulo mientras comía y poder vivir un día más una aventura digital junto a aquellos niños elegidos. ¡De eso hace ya 21 años!

Aquí os dejo el enlace a la página web oficial Digimon España donde podréis disfrutar de todos los capítulos completos y remasterizados.