«El Lazarillo de Tormes»: ¿anónimo?

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Seguro que recuerdas cuando te explicaron el Lazarillo en el instituto y te dijeron que era una obra anónima. Tú lo aceptaste sin más, como si aquello fuese dogma de fe. Sin embargo, ¿qué pasaría si te dijera que desde 2002 esto ya no es así? Rosa Navarro Durán, catedrática de Literatura Española de la Universidad de Barcelona y miembro del jurado del Premio Princesa de Asturias y del Miguel de Cervantes, sostiene de manera incansable y apoyándose en sólidos argumentos que ella posee la clave sobre la identidad del autor. La pregunta ahora es la siguiente: si no es anónima ¿quién fue su artífice? Redoble de tambores… ¡¡Alfonso de Valdés!! De acuerdo, seamos sinceros: lo más probable es que, salvo que seas un forofo de estos temas, el nombre no te diga demasiado, pero por aquel entonces el susodicho, nacido en Cuenca en 1490, fue una persona de gran relevancia, llegando a ocupar el puesto de secretario de cartas latinas del emperador Carlos V, ahí es nada. A partir de aquí, la polémica está servida y de hecho han sido numerosos los ataques que ha recibido Rosa Navarro por parte de otros especialistas, con Francisco Rico (otro de los máximos expertos del Lazarillo) a la cabeza, que cuestionan la validez de sus teorías. Menos conocida, aunque no por ello menos interesante, es su hipótesis según la cual Curial e Güelfa, libro de caballerías de la literatura valenciana fechado en el siglo XV por su descubridor, Mila i Fontanals, fue una patraña ya que su autor no fue otro que su mismo descubridor, aunque este se las habría ingeniado para engañarnos a los lectores intentando colarnos una obra escrita en el XIX como una obra del siglo XV, pero eso es otro asunto.

Como decía, la especialista no se corta un pelo a la hora de defenderse de los que la atacan. Si bien es cierto que su investigación puede ser rebatida, de lo que no cabe duda es de la enorme pasión que pone siempre que interviene. No era la primera vez que la escuchaba, pero siempre es un privilegio poder enriquecerse con la enorme sabiduría que transmite. En esta ocasión, con motivo de Españoleemos (Semana de las Letras) que vienen organizando los alumnos de la Facultad de Letras de la UCLM (Universidad de Castilla-La Mancha) de Ciudad Real por tercer año consecutivo, Rosa Navarro ha encandilado al auditorio con su don de palabra y su enorme sentido del humor. Sus argumentos para defender a Alfonso de Valdés como autor del Lazarillo se basan principalmente en la idea de que esta obra fundacional de la literatura picaresca desprende ideología erasmista por los cuatro costados. Por lo tanto, qué duda cabe de que su autor habría de ser erasmista y qué mejor candidato que uno de los mejores prosistas del siglo XVI. Aquellos años estuvieron marcados por el surgimiento de diversas corrientes de pensamiento que, ante la corrupción que se vivía en el seno de la Iglesia Católica, decidieron criticarla. Uno de ellos fue Erasmo de Rotterdam, quien promovió la reforma de la institución, pero sin romper con ella, a diferencia de lo que sí llegaría a hacer Martín Lutero. En cualquier caso, las ideas de Erasmo fueron perseguidas y por ende todo libro sospechoso de contener cualquier mensaje erasmista. Tal fue el caso del Lazarillo, que automáticamente pasó a integrar el Índice de Libros Prohibidos elaborado por la Inquisición. El mundo de la Filología está lleno de sorpresas incluso cuando todo parece haber sido dicho. Allá por el año 1992 en el municipio extremeño de Barcarrota (Badajoz), una mujer descubrió mientras reformaba su casa varios libros que habían sido emparedados/escondidos por miedo a la Inquisición ¿Y entre ellos? Un ejemplar del Lazarillo fechado en Medina del Campo, que es el que ha servido como base para la elaboración de las futuras ediciones junto a las ya conocidas de Burgos, Alcalá y Amberes, todas ellas de 1554. Si seguimos el razonamiento de Rosa Navarro, Alfonso de Valdés, que había escrito dos obras imbuidas del espíritu erasmista (Diálogo de las cosas acaecidas en Roma y Diálogo de Mercurio y Carón), habría sido el artífice de la novela picaresca, pero asegurándose de no poder ser vinculado de ninguna forma a ella, salvo que alguien fuese un avezado y perspicaz lector como Rosa Navarro, que ha sabido descifrar los mensajes ocultos que entraña la obra como si de Robert Langdon se tratara.

Todo aquel que haya leído el texto recordará la brutal crítica satírica a la que es sometida la sociedad y en especial los miembros del estamento eclesiástico. Entre los numerosos amos a los que sirve el pobre Lázaro que irán configurando su personalidad, aparte del ciego y el hidalgo empobrecido, destacan el clérigo de Maqueda que lo mata de hambre; el fraile de la Merced (que podría haber abusado de Lázaro según se interprete la expresión «Este me dio los primeros zapatos que rompí en mi vida»); el buldero; un capellán para quien el pícaro comienza a trabajar como aguador (y que podría ser visto como un criptojudío) y finalmente el arcipreste de la Iglesia de San Salvador de Toledo, que vive amancebado con la mujer del propio Lázaro. Aquella crítica al clero no pasó inadvertida para la Inquisición, como es evidente, hecho que obligó a Valdés a asumir finalmente el sacrificio de pasar a la historia como el autor anónimo de una de las obras más representativas de nuestra literatura y al que ahora, casi cinco siglos después, Rosa Navarro, pretende hacer justicia rescatándolo de aquel olvido autoimpuesto.

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