«Si esto es un hombre»: cuando el Infierno fue real

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LEVI, Primo (1987): Si esto es un hombre. Traducción del italiano de Pilar Gómez Bedate. Barcelona: Muchnick Editores.
Si esto es un hombre (1947) del italiano Primo Levi (1919-1987) constituye una obra de una importancia decisiva en la literatura testimonial sobre los campos de exterminio nazis junto con otros libros como El hombre en busca de sentido (1946) de Victor Frankl o El diario de Ana Frank (1947) entre otros. Se trata del primer libro de una trilogía formada por La tregua (1962) y Los hundidos y los salvados (1986). Al igual que otras obras que han abordado el mismo tema, no deja indiferente a nadie. A lo largo del libro, el autor se vale de un tono que intenta ser lo más objetivo posible con el fin de no ser él el que juzgue los acontecimientos narrados sino el propio lector.  El libro surge como una necesidad por parte de Levi de liberar su alma atormentada de ese horror contenido y silenciado.
Primo Levi fue capturado por la milicia fascista en 1943 cuando apenas tenía veintitrés años y fue llevado a un campo de concentración en Fossoli (cerca de Módena). Desde allí sería trasladado a Auschwitz poco tiempo después. El viaje en tren, que duró cuatro días, fue percibido por Levi como un descenso a los infiernos, similar al de Dante en la primera parte de La Divina Comedia. De esta manera, se establece un diálogo intertextual entre ambos libros, un diálogo que se mantiene, de una u otra manera, a lo largo de toda la obra ya que el Lager (campo de concentración) supuso una actualización de los horrores contemplados por Dante en el Infierno. Ese viaje, en el que los prisioneros eran transportados como cabeza de ganado, constituyó el primer paso en el proceso deshumanizador al que se vieron sometidos estos. Una vez que llegaban a Auschwitz, las SS llevaban a cabo la selección (que en la mayoría de las ocasiones se efectuaba al azar).  Después de esa selección, en la que se decidía si se era útil para trabajar o si, por el contrario, se tenía que ir a las cámaras de gas, los que lograban superarla eran trasladados al interior del campo en un autocar. Nuevamente, a Levi le viene a la memoria la obra del poeta florentino y compara este momento con el episodio en el que el barquero Caronte transporta las almas al Infierno a través de la laguna Estigia. En cierta manera, a través de estas comparaciones, Levi confirió a su testimonio un carácter literario y artístico.

Entre las muchas adversidades a las que tuvieron que enfrentarse los prisioneros, una de ellas fue la imposibilidad de comunicarse entre sí ya que muchos de ellos procedían de diferentes zonas de Europa. Esa confusión de lenguas convertía al Lager en una suerte de torre de Babel. A pesar de todos estos problemas, hay un episodio que merece ser destacado y es el momento en el que uno de los prisioneros animó a Levi a sobrevivir con el fin de poder dejar testimonio de esa barbarie: «Precisamente porque el Lager es una gran máquina para convertirnos en animales, nosotros no debemos convertirnos en animales; que aun en este sitio se puede sobrevivir, y por ello se debe querer sobrevivir, para contarlo, para dar testimonio» (p.43). Estas palabras me traen a la memoria el “Efecto Pigmalión”, concepto que en psicología y pedagogía se utiliza para hablar de la enorme influencia que puede ejercer una persona que detenta el poder en el comportamiento de los que están en una posición de inferioridad. En los Lager, a los prisioneros se les trataba como animales tan a menudo que al final ellos mismos terminaron aceptando esa condición.
La monotonía acabó por imponerse en el día a día de los presos. Esa sensación de que todos los días eran iguales, de que no merecía la pena seguir levantándose porque ¿para qué? si realmente no iba a suceder nada que mereciese la pena, es lo que hizo que muchos prisioneros cayeran en una profunda desesperación y algunos, incluso, terminaran suicidándose. El proceso de deshumanización al que me refería anteriormente llevaba a los prisioneros a actuar como simples autómatas carentes de voluntad. Y al hablar de esto no puedo dejar de recordar la imagen con la que se inicia la célebre película Tiempos modernos (1936) de Charles Chaplin cuando los trabajadores se dirigen a la fábrica como un rebaño de ovejas.

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Algo que destaca Levi es cómo los kapos oprimían a los no privilegiados, demostrando muchas veces una crueldad aún mayor que los soldados nazis. Realmente, el campo de exterminio era un lugar donde terminaba por imponerse la ley del más fuerte.
A raíz de una herida en el pie, el protagonista fue enviado al ka-be (enfermería). El autor compara este lugar con el limbo ya que, después de todo, gozaba de más privilegios que en los barracones. Después de pasar veinte días allí, Levi fue trasladado a un barracón donde coincidió con un amigo, lo cual supuso un rayo de esperanza en la monotonía de aquel infierno. En la estancia en el Lager, uno de los tormentos que se repetían con mayor frecuencia era el de soñar con comida. Como el mismo Levi señala, el tormento era idéntico al que sufrían un grupo de condenados (los glotones) en el Purgatorio de Dante: es el famoso mito de Tántalo.

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En la obra, nos encontramos un capítulo titulado «Más acá del bien y del mal», que nos remite directamente a la obra de Nietzsche Más allá del bien y del mal (1886). Con esta frase, Levi alude a la amoralidad que reinaba en el Lager, donde las fronteras entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, se diluían. Ya no importaba el que algo estuviese bien o mal; importaba sobrevivir.
Hay un momento de la historia en el que el autor se pregunta, desde el momento en el que escribe, sobre si realmente han llegado a suceder esas atrocidades que está relatando. Él mismo duda de sus recuerdos: «Hoy, este verdadero hoy en el que estoy sentado a una mesa y escribo, yo mismo no estoy convencido de que estas cosas hayan sucedido de verdad.» (p. 110) De igual manera, al intentar recordar el pasado anterior al Lager, Levi siente que esos recuerdos podrían pertenecer a una encarnación anterior. Y es que, aquellos recuerdos de felicidad parecían tan lejanos en el tiempo que el mismo autor dudaba de su existencia.
Las noticias que se recibieron en el campo sobre las victorias de los aliados (el desembarco de Normandía, la ofensiva rusa, el frustrado atentado contra Hitler) levantaron la esperanza entre los prisioneros pero, al mismo tiempo, hizo que los alemanes se mostraran todavía más crueles con los presos. Los soldados encargados de controlar los campos no podían permitir que la esperanza se extendiese entre los prisioneros.  Sin embargo, como se ha podido ver en algún caso aislado mencionado antes, no todo fueron tormentos para Levi. De hecho, Lorenzo (otro prisionero) le ayudó a conservar la esperanza y le hizo darse cuenta de que, incluso en la adversidad, podía seguir habiendo esperanza y gente buena, gente que hacía que la vida siguiese mereciendo la pena. Como dice el autor: «Gracias a Lorenzo no me olvidé yo mismo de que era un hombre» (p.129) Este hecho nos tiene que hacer darnos cuenta de que, a pesar de que un determinado comportamiento se generalice en la sociedad, eso no debe llevarnos a actuar sin cuestionarnos si lo que hacemos está bien o mal. Lorenzo, como tantos otros supervivientes (anónimos y conocidos) constituye un ejemplo clarísimo de cómo el ser humano siempre tiene la última palabra a la hora de elegir el tipo de persona que se quiere ser, incluso en la adversidad.
En su última etapa, Levi comenzó a trabajar en un laboratorio, lo cual le permitió sobrevivir al crudo invierno. Durante su estancia allí, tuvo lugar un acontecimiento que le marcó profundamente: el levantamiento del sonderkomando (comando de prisioneros encargado del mantenimiento de las cámaras de gas) que hizo saltar por los aires un crematorio de Birkenau. Primo asistió al ahorcamiento de uno de los prisioneros que colaboraron en el levantamiento. La muerte de este hombre simbolizó para Levi el sometimiento absoluto y definitivo de los prisioneros. En cierta manera, el autor no pudo dejar de sentir cierta vergüenza por no haber sabido reaccionar ante la muerte del sublevado pero, al leer su testimonio, me surge la siguiente pregunta: ¿Qué hubiésemos hecho cualquiera de nosotros en una situación semejante?
Tras dicho acontecimiento, que minó bastante la moral de los prisioneros, y ante la proximidad de los rusos, el campo fue evacuado. Primo Levi, que había enfermado de escarlatina, se encontraba en la enfermería por lo que permaneció en el campo. Curiosamente, esto supuso su salvación ya que la casi totalidad de los prisioneros evacuados desaparecieron y nunca más se supo de ellos. Los alemanes abandonaron el campo y, con ellos, se llevaron el horror. A partir de ese momento comenzó un proceso de rehumanización de los prisioneros. Entre los enfermos comenzaron a aparecer gestos humanos que parecían haberse perdido, como el simple hecho de compartir un trozo de pan: «Fue aquel el primer gesto humano que se produjo entre nosotros. Creo que se podría fijar en aquel momento el proceso mediante el cual, nosotros, los que estábamos muertos, […] empezamos lentamente a volver a ser hombres.» (p.167) La espera del ejército ruso resultó ardua. El frío comenzaba a hacerse insoportable y los alimentos comenzaban a escasear. Finalmente, la liberación del campo llegó.
Hay un momento en la obra en el que Levi comenta que si ese sufrimiento se hubiese prolongado durante más tiempo, hubiese sido necesario crear un nuevo vocabulario para expresar el hambre, el dolor y el miedo que sintieron. De la misma manera que los místicos españoles se vieron obligados a usar metáforas para expresar lo que no se podía comunicar con palabras (la felicidad del alma al fundirse con Dios), Levi se sentía en ocasiones incapaz de expresar verbalmente el tormento que vivió.

Si bien es cierto que, en la sociedad actual, no hay nadie que desconozca el tema del genocidio, pues tanto el cine como la literatura  nos han creado una imagen de esa atroz realidad, hay que reconocer el mérito de Levi ya que cuando publicó su libro, el tema del holocausto seguía siendo algo tabú y desconocido. Su mérito, al igual que el de Victor Frankl y otros precursores en este género, radica en haber sido uno de los primeros en expresar mediante palabras el sufrimiento del genocidio. Sin su labor no serían posibles obras tan conocidas en la actualidad como El niño con el pijama de rayas (2006) de John Boyne o la genial novela gráfica Maus (1980) de Art Spiegelman. Como decía al comienzo, la obra de Levi constituye una fuente de información valiosísima para poder comprender el horror del nazismo.

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