Los viajes gastronómicos

Sabido es de sobra que una de las múltiples formas de conocer un país reside en probar su gastronomía. Resulta esto tan interesante como el proceso mediante el cual un sabor puede activar en el cerebro un sinfín de evocaciones. Si no, que se lo digan a Proust y el afluente de recuerdos que despertó en su memoria el simple aroma de una magdalena. Una de las ventajas que ha traído consigo la globalización es la reducción de las fronteras entre las diversas naciones. Precisamente lo que me propongo en este post es ofrecer a los foodies o comidistas viajeros una pequeñísima guía de algunos restaurantes que más me han gustado en mis visitas a Madrid, todos con precios bastante asequibles.

Uno de ellos es el “Patacón Pisao” en la calle de las Delicias, especializado en gastronomía colombiana. Como no podía ser de otro modo, aquí me pedí la bandeja paisa, plato estrella de la cocina antioqueña compuesto por diversos ingredientes: chorizo, tocino, arroz, patacón o plátano macho tostado, aguacate, huevo frito, arepa (torta a base de maíz) y frijoles.

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Con semejante guiso tan contundente, terminé más que satisfecho. 

Ahora nos trasladamos al popular Barrio de las Letras y concretamente a la calle Ventura de la Vega donde encontraremos dos restaurantes, uno casi enfrente del otro. El primero es el “Inti de Oro”.

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En él podrás degustar algunas de las recetas más características de Perú como el famoso ceviche (con pescado marinado con cítricos), los tamales (que están presentes en casi toda Hispanoamérica, aunque con particularidades regionales), la causa limeña (con base de papa amarilla),  o postres tan refrescantes y deliciosos como el pie de limón.

En una cocina que tiende con mayor frecuencia a la fusión, cada vez resulta más complicado encontrar locales que ofrezcan comida especializada y estos lo consiguen.
El otro es el Chaparrito, dedicado a la cocina mexicana.

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Aquí podrás degustar algunos platos tan ricos y picantes como la cochinita pibil o los chilaquiles. Por cierto, en Ciudad Real tienes el “Taco Tapa”, que tampoco se queda atrás en su oferta gastronómica azteca.

Por último, viajaremos a Japón de la mano del “Ramen Kagura”, situado en la calle de las Fuentes, cerca de Ópera. Hace cuatro años que vi comiendo este plato nipón (elaborado con fideos japoneses y caldo de carne) a los protagonistas de la película Your name de Makoto Shinkai. Desde entonces surgió en mí la curiosidad por querer degustar los mismos sabores que aquellos personajes; era como una manera de sentir lo que ellos sentían, imagino que como cuando alguien decide ir a Nueva York y tomarse un croisant frente a Tiffany en un deseo de emular a Audrey. Luego, una prima me habló maravillas de este restaurante y lo demás, ya te imaginas. Si vas y te decides finalmente a guardar una hora de cola, casi como si estuvieses a las puertas del Cielo, descubrirás que mereció la pena.

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Gran experiencia gastronómica en este modesto restaurante que, para muchos, sirve uno de los mejores ramen japoneses de la capital. Doy fe.

 

Fuiste mi línea 5 en la parada de Gran Vía

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Amor, correspondencia en estaciones
con números que no he vuelto a ver
y otros con los que hablé después.
Fuiste mi línea 5 en la parada de Gran Vía.
Una mañana cualquiera,
un encuentro bajo tierra.
Se abrieron las puertas
y entraste en el vagón.
Apenas levantaste la mirada
de aquel libro que leías.
Cien años de soledad
¿Te acuerdas?
Yo sí porque también lo leía.
Tras un silbido intermitente
las puertas se cerraron
y el tren reanudó su marcha.
Te sumergiste en Macondo
y yo en aquella coincidencia.
Un roce, una sonrisa.
¡Tú también lo estás leyendo!
Intercambio de palabras.
Una parada, otra más,
palabras y más palabras
y al final,
la despedida.
He oído por ahí
que encuentros así
solo pasan en el cine,
sucesión de fotogramas
y tú y yo, quién sabe,
dos estrellas descartadas
de un guion que nunca se rodó.
Fuiste mi línea 5 en la parada de Gran Vía,
estación que no he olvidado
y a la que vuelvo algunos días…

“La virgen de agosto”: verano en Madrid

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En bastantes narraciones literarias y cinematográficas aparecen personajes que deben realizar grandes viajes para encontrarse a sí mismos. Rara vez se cuenta que para hallarte no tienes que marcharte a la otra punta del mundo, amén de que para viajar, aunque parezca que no, se necesita dinero y no está la economía muy boyante que digamos, por mucho que en redes sociales veamos y expresemos lo contrario.
En La virgen de agosto, Jonás Trueba nos presenta a Eva (Itsaso Arana), una chica de treinta y tres años que decide pasar las vacaciones de verano en Madrid para intentar superar una ruptura sentimental de la que nunca se llega a hablar explícitamente. Uno de los rasgos que caracterizan esta admirable ficción es la mimesis o imitación de la cotidianidad, sustentada en la naturalidad de una insuperable Itsaso Arana y en un maravilloso elenco de secundarios (Isabelle Stoffel, Joe Manjón, Mikele Urroz, Vito Sanz, etc. ), elementos que logran situar a su director en la misma línea que otros cineastas como José Luis Guerín (En la ciudad de Sylvia La academia de las musas), Abdelatif Kechiche (La vida de Adele), Andrew Haigh (Weekend), Mia Hansen-Løve (Un amour de jeneusse), Olivier Ducastel y Jacques Martineu (Theo y Hugo, París 5:59), Richard Linklater (Antes de… y Boyhood), Matías Bize (En la cama y La vida de los peces), Carla Simón (Verano 1993), Carlos Marques Marcet (10000 KM), Fernando Colomo (Isla bonita) Cecilia Rico Clavellino (Viaje al cuarto de una madre), Arantxa Echevarría (Carmen y Lola) o Paco León (Carmina y Kiki), entre otros muchos. Todos estos trabajos, cada uno con su propia temática, se valen de un hiperrealismo (influido notablemente por la estética de la Nouvelle vague) que huye de los estereotipos para adentrarnos en la vida de individuos “corrientes”.

La película de Trueba pone además sobre la mesa asuntos como la desorientación existencial (sin tener que recurrir por ello a las drogas), la falta de expectativas o el desencanto al percibir que las promesas que nos hicieron en la escuela eran falsas en su mayoría. Y es que, concluida la etapa estudiantil, irrumpe con una fuerza insospechada la vida real, esa misma cuyos miembros, los que ya están instalados, miran con recelo y algo de compasión, según se tercie, a quienes no han encontrado todavía su lugar, especialmente cuando se llega a una determinada edad y comienza el célebre interrogatorio «Anda, ¿no trabajas todavía? ¿y no tienes pareja? ¿pero qué estás haciendo con tu vida?» ; incluso a veces sucede que esos mismos que parecen tener respuestas para todo además de un “envidiable” puesto de trabajo se encuentran tan perdidos como el que más. Si no, que se lo pregunten a los personajes de El diario de Bridget Jones de Sharon Maguire, Young adult de Jason Reitman, Un otoño sin Berlín de Lara Izagirre, Las distancias de Elena Trapé, Last Christmas de Paul Feig o Vida perfecta de Leticia Dolera.

Retomando el comienzo de esta reseña, existen infinitas maneras de descubrirte sin necesidad de desplazarte al otro extremo del planeta: te puedes encontrar en tu mismo pueblo o ciudad, caminando por sus calles, en una exposición, en mitad de una verbena, en una procesión, en la barra de un bar hasta las tantas, en tu casa, leyendo un libro, escribiendo, pintando, limpiando y ordenando, preparando la comida, viendo una peli, bajo el agua de la ducha, haciendo el amor, durmiendo, soñando… Te puedes encontrar de tantos modos, entre tantas aristas. Y quizá solo baste una decisión que no te atreves a tomar lo que te permita coger las riendas de tu vida para integrarte de nuevo en ese caótico ritmo del que decidiste apearte temporalmente para reflexionar.

En definitiva, La virgen de agosto es una joya rebosante de sencillez, sinceridad, delicadeza e intimismo que nos habla sobre la búsqueda de la propia identidad cuando, aparentemente, todos los demás ya saben lo que quieren. Eva deja de ser personaje para convertirse en una persona que duda, siente, disfruta, se enamora y decide en el caluroso y evocador agosto madrileño.

Judy y las sombras de Hollywood

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Judy constituye un estupendo y emocionante biopic para adentrarse en la cara más dura y amarga del Hollywood clásico, que iría desde los años 30 hasta los 60. Han sido tres los trabajos recientes que se han interesado en mostrar los entresijos de ese mundo: Mi semana con Marilyn (2011), de Simon Curtis, sobre las dificultades que surgieron en el rodaje de El príncipe y la corista; Hitchcock (2012) de Sacha Gervasi, que tomaba como punto de partida la grabación de Psicosis o la serie Feud (2017), creada por Ryan Murphy, donde se recreaba la célebre enemistad entre dos monstruos de la interpretación, Bette Davis y Joan Crawford, durante el rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane?

En el caso de Judy, basada a su vez en el musical End of the Rainbow (2005) de Peter Quilter, la película de Rupert Goold nos sumerge en la gira de conciertos que la actriz ofreció en Londres seis meses antes de morir en 1969 a la temprana edad de 47 años, como consecuencia de una vida complicada y llena de excesos. La presión a la que fue sometida de nuevo unida a sus problemas de salud la llevaron a reencontrarse con todos aquellos traumas que arrastraba desde la infancia. Es aquí cuando, a través de los flashbacks, conocemos el infierno que debió vivir durante El mago de Oz (1939), donde fue sobreexplotada y sometida a un estricto control que la obligaba a alimentarse a base de pastillas para no engordar.

Renée Zellweger nos regala una poderosa y sincera interpretación encarnando a una estrella hastiada del glamour que sufre las cicatrices de una infancia robada, como también le pasó a Marisol (Pepa Flores). Muchas niñas querían ser ellas, la imagen idílica que proyectaban en pantalla, pero ninguna conocía la auténtica pesadilla que se ocultaba detrás de aquellas sonrisas.

Toda esa era dorada repleta de artistas mitificados por tantas y tantas generaciones de espectadores cinéfilos a las que les hicieron soñar con rascacielos y amores de ensueño, demostró también que, a veces, no es oro todo lo que reluce. La misma industria fue consciente de ello en esos años encontrando obras maestras como El crepúsculo de los dioses (1950) de Billy Wilder o Cautivos del mal (1952), de Vincente Minnelli, películas que, aun perteneciendo a esa mastodóntica maquinaria y viviendo de ella, se atrevieron a criticarla.

“El garbancero”: hijo adoptivo de Madrid

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La segunda parte de este finde cultural tiene que ver con el escritor realista Benito Pérez Galdós (1843-1920). Aprovechando el centenario de su fallecimiento, la Biblioteca Nacional ha organizado una exposición que empezó el 1 de noviembre de 2019 y se podrá visitar hasta el 16 de febrero de 2020. La exhibición, titulada Benito Pérez Galdós. La verdad humana ofrece un ameno recorrido por su trayectoria vital y profesional.

Nacido en las Palmas de Gran Canaria, en su juventud se enamoró de su prima Sisita. Su madre (mujer autoritaria), temiendo que aquello fuese a más, lo mandó a estudiar Derecho a Madrid.  Al poco tiempo de llegar a la capital, abandonó la carrera para dedicarse al periodismo y a la escritura, sus dos grandes vocaciones.

Sus primeras novelas, La fontana de oro La sombra, publicadas en 1870, son un claro exponente del grandísimo escritor que llegaría a ser. Interesado por la cultura, Galdós entró en contacto con Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza (proyecto que pretendía ofertar una educación al margen de la estatal) y viajó a París e Inglaterra; intentó plasmar su ideología liberal en sus textos lo cual le supuso recibir los ataques de Pereda y Menéndez Pelayo por considerarle un escritor crítico con el catolicismo.

En las obras del canario, los personajes ficcionales y sus dramas (intrahistoria) se entretejen con los hilos de los grandes eventos históricos del siglo XIX en España como la Guerra de Independencia o la Restauración Borbónica. Buena muestra de ello son Fortunata y Jacinta y la serie de Episodios Nacionales.

Sin embargo, no todo fue escribir para Galdós, quien también se dedicó a la política (siendo elegido diputado por Guayama (Puerto Rico)) y al amor. De hecho tuvo algún que otro romance, mereciendo ser destacada la relación con la escritora naturalista Emilia Pardo Bazán entre 1887 y 1890 (con la que llegó a mantener correspondencia que nos ha llegado hasta nuestros días y que nos hace pensar que aquello traspasó el mero intercambio de palabras) y con la modelo Lorenza Cobián, que fue la madre de la única hija reconocida del autor, María Pérez Galdós Cobián.

Si bien es cierto que Don Benito alcanzó y conoció el éxito en vida, sus últimos años estuvieron marcados por la ceguera que empezó a sufrir después de ser operado de cataratas lo cual le obligó a dictar sus novelas. Fue un firme candidato al Nobel en tres ocasiones, pero nunca lo recibió. Finalmente, en la madrugada del 4 de enero de 1920, falleció en compañía de su hija. El entierro terminó convirtiéndose en un auténtico acontecimiento social llegando a reunir a 30000 personas en las calles que salieron a despedir el coche fúnebre en su camino al cementerio de La Almudena, donde permanece enterrado.

mde Aunque a nadie actualmente se le ocurre cuestionar la relevancia  y la calidad del autor dentro de la historia de nuestra literatura, durante los años del franquismo fue relegado al olvido por su pensamiento liberal y por considerar algunos que su estilo era demasiado vulgar, lo cual hizo que se extendiese a nivel popular el apodo del “Garbancero” con el que le bautizó Valle-Inclán en Luces de bohemia (1920).

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La sección final de esta maravillosa exposición concluye con las adaptaciones cinematográficas de algunas de sus novelas  (¿Quién no se imagina hoy a Fortunata con el rostro de Ana Belén o a Tristana con el de Catherine Deneuve?) y con el testimonio de algunos personalidades del panorama literario actual, como Elvira Lindo, Care Santos, Antonio Muñoz Molina o Almudena Grandes, que se sienten herederos del modo de escribir galdosiano.